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Majestad,
Excma. Sra. Ministra, Presidente de Prensa Española,
Sras y Sres.
¡Cómo se echaron a la calle horrorizados en coches,
carros y carretas, bicicletas y patinetes! Y es que el americanito
de a pie, tomando la ficción por realidad, creyó
que la «guerra de los mun-dos» habìa comenzado
a las cinco en punto de la tarde. Y salió de estampía,
espantado ante la invasión de su tierra por marcía-nos
¡que aún no eran marciani-tos! Con su programa radiofónico
un afónico periodista, Orson Welles, sembró el
pánico en su país. En verdad hubiera querido tan
sólo mostrar que el sentimiento no puede decidir las reglas
de la moralidad. Y, sin embargo ¡cómo aterró
a sus compatriotas y sus compatrones, sin proponérselo,
aquel periodista nada baturro! Un aragonés, periodista,
medio siglo antes, también sin proponérselo (con
un <despacho de otro mundo») suscitó parecido
pánico. (El «pánico» previenen sus
funda-dores y sus fundamentos, señala; la perenne presencia
-¡ay de nostros!- de la confusión y la entropìa).
Mariano de Cavia había publicado en «El liberal»
un artí-culo titulado «El incendio del Museo de
Pinturas». Con gran lujo de pormenores, por mayor realismo
(como su colega ultramarino, a ultranza), expuso la catástrofe
causada por el fuego, entre las pinturas del Museo... ¡de
Pintu-ras! Sus lectores, como los oyen-tes del americano, también
se echaron a la calle... y al Prado. Encolerizados y encohetado
se dirigieron a la pinacoteca para empicotar a los responsables.
A los americanos, el miedo les impidió escuchar el programa
completo. Como a los lectores de Mariano de Cavia les impidió
el susto leer a gusto todo el artícu- lo. Si hubieran
llegado al final lectores y oyentes hubieran comprendido la catadura
moral del futuro cineasta y del futuro miembro de la Real Academia.
Orson y Mariano compartieron parecido concepto del deber ético
del periodista. El buen uso de la voluntad les proporcionó
la verdadera razón de la estima de sí mismos.
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Linares Rivas ministro del ramo, sin andarse por las ramas,
leyó el último párrafo del artículo
de don Mariano («esto es lo que ocurriría si..»)
El colofón moral.
Aquel ministro conocía seguramente la raíz latina
de «minister» (servidor): «minus», lo
ínfimo. Como intimo servidor de la cosa pública
decidió, antes de que las goteras resolvieran el problema,
no jugar más con el fuego.
El periodista neoyorkino coronaria su obra de cineasta con «Sed
de mal»: lo que podríamos llamar una «anti-frase».
Él que antepuso la ética a su carrera como si hubiera
sido el legislador ¡ de la ley a la que ella misma, la
ética, obedece. Mariano de Cavia con chispa llamó
a sus crónicas, antes de que se bailara el chacha-cha,
«Chácharas». Él que só-lo sobre
lo esencial escribía.
En Ciudad Rodrigo mientras la incivil guerra arrasó a
España y a mi familia, yo aprendí a escri-bir y
a leer. A leer el periódico que todas las mañanas
nos traía a casa el «periodista». Mis cuasi
¡paisanos habían leído con aproechamiento
la definición del ccionario: «Periodista: Persona
que "presenta" las noticias en un periódico».
~ En efecto, el periodista es tan sólo "recadero"
si no le realza la
ética. Absurdamente ahora, rebajándonos, damos
preferencia a la deontología. Pasando de la moral a los
meros deberes. Como quien abandona la imagen por su sombra, el
gigante americano inició su colosal carrera cinematográfica
con la historia de otro «recadero» nada mirobrigense,
pero que también «presentaba las noticias en un
periódico» el millonario.., el ciudadano Kane.
En la ibérica polémica que se inició años
antes del nacimiento de Mariano de Cavia, mucho se discutió
la moralidad del periodista. La Real Academia, acogiendo en su
seno al propio Mariano de Cavia, dio sin falla su faLarra arrremete
contra el periodista: «Un ser bien criado si se atiende
a que no tiene voluntad propia... debe tener la pasta del asno...
el olfato del perro para la-drar a los pobres...
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...mudar de ca-misa como la culebra... poner cara de risa
como la mona... y volver la cara al astro que más calienta
como el girasol>. Probablemente se hace eco de la opinión
de Montesquieu en su «Carta persa CVIII»: «Hay
una especie de libros que no conoce-mos en Persia y que están
muy de moda aquí: los periódicos... Li-sonjean
nuestra pereza... arruinan mi salud y la de mi librero».
Y también del parecer de Voltaire «Los periódicos
archivos son de la bajeza, el mal y la en-vidia donde se disculpa
al chacal y se despedaza a la paloma».
Mientras que José Echegaray defiende al periodismo porque
«en la trama de las sociedades, es como el sistema nervioso
por donde circulan las ideas». Y de acuerdó con
Mariano y Orson de-clara: «El periodista es el guardián
de la moral pública».
El primer capítulo del perio-dismó, la «teoría»,
era el periplo efectuado por el guerrero heleno o el castrense
ateniense. La raíz de esta palabra es, según unos,
thea (observar), y según otros theos (la trascendencia
divina). Como si desde el primer instante se hubiera dudado entre
recado y moral.
Los precursores del periodismo vacilaron entre estas dos opciones.
Como «La Gaceta del Imperio» china, las tabletas
babilónicas, los papiros del Nilo, o el «álbum»
romano escrito simbólicamente sobre la tabla blanca de
la ética, En las paredes de los templos, sobre láminas
de bronce o cera, aparecían en público los relatos
(y recados) de los navegantes y los «Anales». Las
«Actas diurnas» estremecen a menudo, como las de
Trimalción con este recado sin comentarios:
<Ha sido crucificado el esclavo Mitrídates por haber
blasfe-mado». Más adelante vendrían los «foglietti»
de los comercian...
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