Premio "Mariano de Cavia", (Espagne)

DISCURSO DE FERNANDO ARRABAL:

Majestad,
Excma. Sra. Ministra, Presidente de Prensa Española,
Sras y Sres.


¡Cómo se echaron a la calle horrorizados en coches, carros y carretas, bicicletas y patinetes! Y es que el americanito de a pie, tomando la ficción por realidad, creyó que la «guerra de los mun-dos» habìa comenzado a las cinco en punto de la tarde. Y salió de estampía, espantado ante la invasión de su tierra por marcía-nos ¡que aún no eran marciani-tos! Con su programa radiofónico un afónico periodista, Orson Welles, sembró el pánico en su país. En verdad hubiera querido tan sólo mostrar que el sentimiento no puede decidir las reglas de la moralidad. Y, sin embargo ¡cómo aterró a sus compatriotas y sus compatrones, sin proponérselo, aquel periodista nada baturro! Un aragonés, periodista, medio siglo antes, también sin proponérselo (con un <despacho de otro mundo») suscitó parecido pánico. (El «pánico» previenen sus funda-dores y sus fundamentos, señala; la perenne presencia -¡ay de nostros!- de la confusión y la entropìa). Mariano de Cavia había publicado en «El liberal» un artí-culo titulado «El incendio del Museo de Pinturas». Con gran lujo de pormenores, por mayor realismo (como su colega ultramarino, a ultranza), expuso la catástrofe causada por el fuego, entre las pinturas del Museo... ¡de Pintu-ras! Sus lectores, como los oyen-tes del americano, también se echaron a la calle... y al Prado. Encolerizados y encohetado se dirigieron a la pinacoteca para empicotar a los responsables.
A los americanos, el miedo les impidió escuchar el programa completo. Como a los lectores de Mariano de Cavia les impidió el susto leer a gusto todo el artícu- lo. Si hubieran llegado al final lectores y oyentes hubieran comprendido la catadura moral del futuro cineasta y del futuro miembro de la Real Academia.
Orson y Mariano compartieron parecido concepto del deber ético del periodista. El buen uso de la voluntad les proporcionó la verdadera razón de la estima de sí mismos.

Linares Rivas ministro del ramo, sin andarse por las ramas, leyó el último párrafo del artículo de don Mariano («esto es lo que ocurriría si..») El colofón moral.
Aquel ministro conocía seguramente la raíz latina de «minister» (servidor): «minus», lo ínfimo. Como intimo servidor de la cosa pública decidió, antes de que las goteras resolvieran el problema, no jugar más con el fuego.
El periodista neoyorkino coronaria su obra de cineasta con «Sed de mal»: lo que podríamos llamar una «anti-frase». Él que antepuso la ética a su carrera como si hubiera sido el legislador ¡ de la ley a la que ella misma, la ética, obedece. Mariano de Cavia con chispa llamó a sus crónicas, antes de que se bailara el chacha-cha, «Chácharas». Él que só-lo sobre lo esencial escribía.
En Ciudad Rodrigo mientras la incivil guerra arrasó a España y a mi familia, yo aprendí a escri-bir y a leer. A leer el periódico que todas las mañanas nos traía a casa el «periodista». Mis cuasi ¡paisanos habían leído con aproechamiento la definición del ccionario: «Periodista: Persona que "presenta" las noticias en un periódico».
~ En efecto, el periodista es tan sólo "recadero" si no le realza la
ética. Absurdamente ahora, rebajándonos, damos preferencia a la deontología. Pasando de la moral a los meros deberes. Como quien abandona la imagen por su sombra, el gigante americano inició su colosal carrera cinematográfica con la historia de otro «recadero» nada mirobrigense, pero que también «presentaba las noticias en un periódico» el millonario.., el ciudadano Kane.
En la ibérica polémica que se inició años antes del nacimiento de Mariano de Cavia, mucho se discutió la moralidad del periodista. La Real Academia, acogiendo en su seno al propio Mariano de Cavia, dio sin falla su faLarra arrremete contra el periodista: «Un ser bien criado si se atiende a que no tiene voluntad propia... debe tener la pasta del asno... el olfato del perro para la-drar a los pobres...

 

...mudar de ca-misa como la culebra... poner cara de risa como la mona... y volver la cara al astro que más calienta como el girasol>. Probablemente se hace eco de la opinión de Montesquieu en su «Carta persa CVIII»: «Hay una especie de libros que no conoce-mos en Persia y que están muy de moda aquí: los periódicos... Li-sonjean nuestra pereza... arruinan mi salud y la de mi librero». Y también del parecer de Voltaire «Los periódicos archivos son de la bajeza, el mal y la en-vidia donde se disculpa al chacal y se despedaza a la paloma».
Mientras que José Echegaray defiende al periodismo porque «en la trama de las sociedades, es como el sistema nervioso por donde circulan las ideas». Y de acuerdó con Mariano y Orson de-clara: «El periodista es el guardián de la moral pública».
El primer capítulo del perio-dismó, la «teoría», era el periplo efectuado por el guerrero heleno o el castrense ateniense. La raíz de esta palabra es, según unos, thea (observar), y según otros theos (la trascendencia divina). Como si desde el primer instante se hubiera dudado entre recado y moral.
Los precursores del periodismo vacilaron entre estas dos opciones. Como «La Gaceta del Imperio» china, las tabletas babilónicas, los papiros del Nilo, o el «álbum» romano escrito simbólicamente sobre la tabla blanca de la ética, En las paredes de los templos, sobre láminas de bronce o cera, aparecían en público los relatos (y recados) de los navegantes y los «Anales». Las «Actas diurnas» estremecen a menudo, como las de Trimalción con este recado sin comentarios:
<Ha sido crucificado el esclavo Mitrídates por haber blasfe-mado». Más adelante vendrían los «foglietti» de los comercian...