EL MUNDO del 20 de julio de 2003


Definiciones, jaculatorias y arrabalescos


UTOPIA DE MATARIFES EN UN MAR DE SANGRE Y GENOCIDIO

Alegoría de Arrabal recogiéndose ante el recuerdo del genocidio camboyano (Foto Lis)

DEFINICIONES

"Marcha por Camboya":

Expedición para abrir marcha y llevar víveres y medicinas a los supervivientes del genocidio. La distribución fue impedida por la marcha fúnebre de los comunistas y la marcha atrás de sus tontos útiles. [Al cabo de un cuarto de siglo recuerdo este periplo a petición del gran novelista Morgan Sportès.]

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Peregrinos de la marcha:

Mochileros de la inocencia. Entre otros estuvieron conmigo la viuda del Pastor Luther King, Liv Ulmann, Elie Wiesel y Joan Baez. A todos nos calumniaron acusándonos (falsamente, claro) de marchosos vendidos a la CIA, precisamente aquellos a quienes (verdaderamente) les retribuían los marchantes de la KGB. Verdad y falsedad que constan ya en los archivos de ambas triologías de letras.

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Gulag jemer

Infierno que Bernard Kouchner halló "subiendo por el Mekong hacia Auschwitz" y el Padre Pochaud "en un mar de sangre y genocidio", mientras que Pin Vathay lo vivió, entre muertos, como "una utopía de matarifes".

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Cifras del genocidio:

Durante los 1355 días en el poder (del 17 de abril de 1975 al 7 de enero de 1979) los comunistas jemeres, matones y mandamasas de Camboya, asesinaron al ritmo de 55 crímenes por hora. Según las estadísticas cerca de dos millones de camboyanos (el tercio del país) perecieron en los campos de la muerte. Torturadores y verdugos eliminaron a las víctimas sirviéndose, a menudo, de "metodos manuales".

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Timor o Camboya:

Dilema de memas y memos cuando la Propaganda comunista trató de oponer los buenos muertos de Timor a los malos de Camboya. Mucho antes con Didier y Bruno Kahn comenzamos a redactar nuestra novela matemática y a animar el primer comité pro-Timor.

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Muralla de bambú:

Frontera de acero que separaba Tailandia de Camboya. Me dirigí solo a aquella pared de varios metros de altura. A mis espaldas en la vasta esplanada, los cuatro camiones de la marcha parecian de juguete. Junto a ellos los peregrinos contemplaban impotentes y a distancia el impenetrable telón de bambú. Por mi parte, a dedo, conseguí abrir una pequeña grieta entre las cañas. Los jovencísimos soldados comunistas vigilaban camiones y socorristas desternillándose de risa.

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Campo de refugiados camboyanos:

Barbecho en un descampado de Tailandia. Allí malvivían acurrucados y acumulados aquellos que lograron huir de la barbarie. La mayoría sufría, entre otras calamidades, trastornos intestinales. Un fotógrafo pidió a Joan Baez que tomara un bebé en sus brazos. Y se le cagó encima. Yo mismo fui acogido por los gritos de pánico de adolescentes asustados al ver mi eterno atuendo oscuro. El uniforme de los jemeres comunistas no era rojo como pretende la leyenda, sino negro como el luto. Un superviviente me dijo: "Hubiera querido refugiarme en mis sandalias"

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Retorno de Camboya:

Regreso en 1959 ocultado por los ninguneadores del genocidio. A mi vuelta me tomó declaración un agente disfrazado de periodista. Uno de esos típicos topos que están tan sólo de paso en un diario "reaccionario". "Ese cuento camboyano es tan fascista que ni el director de mi periódico que es un facha redomado aceptaría publicarlo". Nada dijo sobre la matanza. El indirecto cómplice del genocidio no cambió de periódico, pero sus camaradas le elevaron al rango de funcionario cultural. En este puesto permanece sacrificándose por el pueblo, sin sacrificar ni dietas ni viajes al gigantesco puticlub del proxeneta Fidel. Como nada sabe de ciencia, su inconsciencia le vence y le convence.

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Jaculatorias (del latín ‘jaculari’):

"Llegaron tan lejos que ojalá ya no puedan volver": Taxista camboyano de París.

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Otro arrabalesco: "El excremista jemer en lo más bajo estuvo a la altura".

http://www.arrabal.org