CONGRES:


Conferencia del 2 de diciembre de 1999 en Murcia durante el
Congreso Internacional, Teatro y referentes sagrados de Michel de Ghelderode
a Fernando Arrabal

LA VICE-DIOS DEL VICEVERSA

Fernando ARRABAL

El teatro (para no referirme a mi teatro en particular) es sagrado por antonomasia e incluso por antífrasis. Sacré Théâtre!

La noción de sacer (adjetivo latino que va a originar sacra y sacrum popularizados por las religiones) está al margen del concepto de "bueno" o de "malo". Sacer es lo que no podemos tocar sin corromperlo o sin corrompernos.

La alternativa sagrado y maldito surgen del mismo concepto y de la misma raiz latina. Es una noción (¡teatral!) con el mismo doble sentido. De El cielo y la mierda título de dos de mis obras. En el teatro esta dualidad la definí en el prefacio a mi teatro hace decenas de años: "Sueño con un teatro en que el rito teatral se transformara en opera mundi como los fantasmas del Quijote, las pesadillas de Alicia el delirio de K o el duermevela humanoide de una máquina cibernética".

Algunos críticos, a la vista o lectura de algunas de mis obras, dicen que mi teatro corrompe. No es extraño que hoy la dualidad sagrado-maldito se represente en el escenario informático por el binomio realidad-virtual.

"¿El poder virtual corrompe?" me pregunta teatralmente (¡y a usted!) un cartel de la capital y una página de periódico. La interrogación anuncia la premisa: ¡existe un poder virtual! Y tan poderoso ¿que sería capaz incluso de corrompernos? (¡Como el teatro pánico para algunos!) Lo sugiere con su publicidad un desconocido (¡para mí!). Tan sólo deja como rastro y rostro un soplo impalpable, su "emilio": la dirección cibernética y teatral de su acomodo.

Otros acomodados, escandalizados o escaldados contestan esta autoridad espectacular. Pero, chuscamente, sin dejar de creer en ella. (¡En semejante quimera con ramos de ramera! o ¿en semejante teatro sagrado y maldito?) Detrás del mando corruptor atisban a los bárbaros de la técnica y a los ogros de la cibernética . Temen que con sus varitas mágicas y sus 'modem' les vayan a convertir a ellos mismos en repugnantes sapos o en 'kapos' de Internet (¡y sus soviets!). Y al borde también de la histeria patriótica están dispuestos a repetir la jaculatoria del pataleo xenófobo: "¡qué inventen ellos!" (¿para que inventar otra?). Defienden a lo que llaman la cultura o el teatro ... "de la realidad".

En la acera de enfrente se asegura: "El teatro del siglo que comienza será interactivo. Se hará más en Internet que fuera de él por los dramaturgos de los nuevos 'media'" (¡femenino y singular!). "El teatro de mañana formará parte de la construcción de nuestra realidad."

Pero ¿qué es la realidad? ¿Una suposición o una superchería? Precisamente comencé a preguntármelo el día en que en un teatro de cartón construí mi primer sainete (escenita, literalmente). Cuando a los diez años un corro de corroboradores del antiguo régimen, tras escudriñarme y escrutiñarme, me nombró superdotado. Y me dije: ¿cómo mensurar o acordelar, en el teatro o fuera de él, la inteligencia o la realidad? Las dos (se me antojaba ya) que adolecían de incertidumbre fundamental.

Hay fanáticos (¡tan simpáticos!) del escribir "como ayer" y del escribir "como hoy". Argumentan atrincherados detrás de la modernísima pantallita de ahora o de la modernísima máquina de escribir de antes. Todos se creen sacralizados por el bien (hoy llamado lo correcto) frente a los malditos del mal (lo incorrecto). Pero unos y otros intentan (como los teatreros sin teatralidad) apropiarse de lo inapropiable: la realidad.

Precisar (¡y no sólo en el teatro) la realidad es pura ilusión. Podemos fragmentar y calcular algún cacho pero nunca conseguiremos vencer del todo la indeterminación. Lo que hubiera nombrado Shakespeare o el dramaturgo Cervantes la ambigüedad y lo que llamamos, al crear el grupo pánico o nuestro teatro, la confusión.

De ahí esa misteriosa seducción teatral que siento por la informática; por esta utópica empresa de ordenarlo todo (¡y definirlo!) ignorando lo indefinible; por este artefacto sin deseos pero cubierto de achaques que van del virus al apagón súbito o al apocalíptico "bug"; por esta técnica (primer avatar del arte según los griegos) con su miaja de artilugio ('ars' y 'lugere' -llorar-: llanto fingido, disimulo, astucia). Pero la informática también es una artimaña: artificio para engañar con maña.

Lo que me importa cuando juego con la máquina (a escribir, por ejemplo, o a navegar, o a concebir mi nueva obra) es que se comporte como máquina y no como todo lo contrario, es decir como dramaturga. Lo que me asustaría sería doblegarla transformándome yo mismo en máquina y mi inteligencia en inteligencia artificial.

Sin embargo, los cibernetófilos afirman: "Aumentar la competencia científica e informática es la nueva fase del teatro de hoy. Ha surgido una nueva alianza y un nuevo dramaturgo del siglo XXI".

Con la informática se alcanza la panacea del panarra: ¡lo virtual! El negativo de otro negativo: la realidad. "Realidad" tan inutil como nuestra memoria cuando la de la máquina está a nuestra disposición. ¿De que nos serviría nuestra inteligencia cuando 'ordenamos' nuestros datos y ratos, actos y pactos, peripecias y personajes con la inteligencia artificial? ¿Dónde termina lo maldito y dónde comienza lo sagrado?

Lo que llamamos en el teatro la realidad (¡indefinible!) ahora ya la tenemos encerrada para siempre (¡y definida!) en la realidad virtual. La realidad a secas se ha desvanecido. Ha pasado de la indeterminación cuántica a la desaparición práctica por sustitución virtual. Gracias a esta novísima realidad (¡virtual!) el mismísimo beso de la heroína o del progonista será un recuerdo de museo que servirá a modelar los besos virtuales.

Estamos viviendo un dolorosísimo renacimiento literario, filosófico, poético científico e informático. Todo renacimiento es un nacimiento (¡formidable!) entre sangre sudor y lágrimas. Formidable en todos los sentidos de la palabra: hermoso, extraordinario... pero también como nos señala la raíz latina (formos) de la palabra: "que causa miedo".

Un informafilio nos advierte "La noción incrementada del teatro por la ciencia y la informática ya no es revolucionaria. Es mejor aún: ¡Es normal! Ya no hay otra forma de creación".

Forma virtual. Teatro virtual. Es decir en un estado de preparación hacia la totalidad. El Diccionario de autoridades definió en 1737 virtual como: "Lo que en virtud, fuerza o actividad equivale a otra cosa en orden a obrar como ella". Y en 1992 el de la Real Academia: "Que tiene virtud para producir un efecto aunque no lo produce de presente". Lo virtual informático permite como el 'coitus interruptus' mantenernos teatralmente en suspenso ¡qué 'suspense'!

Lo sagrado es lo que está separado e inviolable. Lo que contrariamente a lo profano es objeto de un sentimiento de reverencia. Como lo virtual
Pero el lenguaje del dramaturgo genial es una parte de su organismo e igualmente complicado. Y tan enrevesado que va más allá de la informática. Sólo el propio genio puede intuir su estructura empírica y fatídica, cómica y cósmica. El autor dramático puede pasar de lo sagrado a lo maldito. Es ¡tantas veces! un genio maldito transformado en sagrado con los años.

La inteligencia artificial es el motor y el navegador gracias al cual viajo por la realidad virtual (¡y podría construir puentes u obras de teatro!). Es la técnica capaz de utilizar la información. Mientras que la inteligencia sin artificios es el arte de servirse de ese enigma llamado pensamiento. Ambas son antagónicas y opuestas ¡hasta en las encuestas!

La inteligencia artificial nos impulsa a confiar a la máquina la responsabilidad de calcular (entre trillones de cosas) el tiempo teatral o de adquirir conocimientos escénicos. Gracias a ella se podría parir una criatura a nuestra imagen y semejanza ¡pero superior!: la deus ex máquina del futuro (la gran arquitecta-dramaturga). ¡La vicedios del viceversa!

Voltaire atribuyó la genialidad a "un don de los dioses". En verdad el dramaturgo genial es: un humano tan maldito o sagrado que sueña con ser Dios ¡y a menudo lo consigue!

Un especialista asegura que : "En el siglo XXI el dramaturgo creará gracias a la interdisciplina y a la informática". Y pienso en la divina Franziska Megert que ha construido http://www. arrabal. org . Como org....

La máquina como lo sagrado y lo maldito nos encanta (literal y teatralmente) y también nos divierte por su testarudez de testaferra. Todo debe servirle para informar o calcular o componer nudos, tramas o lances del gran teatro del mundo. Gracias a ella apreciamos más que nunca la inservilidad de todo lo que brota genuinamente o genialmente. Volvemos a las catacumbas y tenemos derecho (¡al fin!) a ser inteligentes sin buscar utilidad o comodín. Gracias al modelo virtual que nos sugiere la máquina nos complacemos en la dirección opuesta con una inteligencia cada vez más teatral, más misteriosa o mística.

Un día jugando al ajedrez con ella me felicitó y me preguntó "¡Bravo! ¿Es usted otra computadora?" Comprendí disgustado que por un instante mi inteligencia se había vuelto artificial. Sin embargo, entre la máquina y yo no hay nada en común. Ni hostilidad alguna.. Es mi maldita apuntadora sabihonda y mi solícita y sagrada esclava ¡y sin baba!

La máquina para remedar el placer divino (sagrado o maldito) que tanto evoco en mi teatro (¡y que está aprendiendo!) se muestra tan mustia y tan soltera como la de Duchamp. En 1985 con su ayuda realicé una exposición teatral. La llamé como era obligado para un tema tan sagramente maldito: Amores imposibles. Confesé a un amigo informático: "Claro que colaboro con ella . E intensamente. ¿Pero qué afinidad se puede tener con una máquina incapaz de creer en Jehová, en Dios o en Alá?".

Gracias a su genio el dramaturgo durante el tiempo de un soplo, puede llegar a ser un dios con los dioses. Su propia obra le enseña lo que nadie enseña (¡ni virtualmente!) y es fundamental aprender.

En el teatro como en el amor todo es posible. "Ama y haz lo que quieras" recomendó, antes que dadaístas o surrealistas o pánicos, ya, Averroes, Maimónides y San Agustín. Por eso se ha dicho "que la genialidad del dramaturgo no se puede explicar ni por clima ni por gobierno", mientras que Madame de Staël aseguró que "el genio inspira la necesidad de gloria".

De la máquina, con la que tanto he navegado, nunca podré decir: "con la que tanto he querido". Y es que encerrada en lo virtual no sabe presumir, ni quererse a sí misma, ni admirar sus propios conocimientos. Ni conmoverse con una obra de teatro para la que tantos datos me ha suministrado.

No sabe amar: no alcanza lo sagrado.

Por ello sólo me da besos.... ¡virtuales!

Fernando ARRABAL