THEATRE:

Domingo, 13 de agosto de 2000

La ministra roja estrena a Arrabal

IGNACIO AMESTOY

El Madrid de agosto no se duerme, se prepara para afrontar el nuevo curso. Y de la misma forma que nuestros cómicos, desde el Siglo de Oro, preparaban durante la Cuaresma el repertorio que iban a mostrar a partir del Domingo de Resurrección, ahora es el verano la estación de los ensayos. El Centro Dramático Nacional da los últimos toques a una pieza de Fernando Arrabal, con la que el hetedoroxo volverá a Madrid. El cronista Ignacio Amestoy y el dibujante Alfredo han estado en los ensayos de la obra.
En Madrid, el viernes, cumplió 68 años Fernando Arrabal. En 1955, a los 23, dejó esta ciudad, y desde entonces sólo ha venido accidentalmente. En
Madrid vivió su primer estreno, el 28 de enero del 58. El grupo Dido puso
en escena, en sesión única, El triciclo. Estuvo unas horas. Tres días
después se casaba en París con su inseparable Luce Moreau.

Pasa por Madrid en el verano del 67. Camino de La Manga, donde piensa
concluir El jardín de las delicias, firma ejemplares en Galerías Preciados
de una novela que acaba de publicar. Un joven le pide una dedicatoria con
«una blasfemia» o «una cosa gorda». Se la escribe: «Para Antonio. Me cago en Dios, en la Patria y en todo lo demás». El estreno de El triciclo y la firma en Galerías Preciados marcaron su relación posterior con Madrid. Su primer estreno no fue el éxito que él hubiera deseado. Y la firma
«blasfema» en Galerías Preciados le terminó llevando a Carabanchel. Ambas experiencias le alejaron de Madrid. «Volveré cuando me retire», le dijo al cronista un día.

Esta semana ha vuelto de nuevo a Madrid, de paso para El Escorial, donde ha hablado del Tercer Milenio. Pero en Madrid ha asistido a un ensayo de tal vez su mejor obra, El cementerio de automóviles, que el director del Centro Dramático Nacional, Juan Carlos Pérez de la Fuente, prepara para su estreno el próximo día 25, en el Festival de Santander.

Luego, el montaje irá a Barcelona, antes de presentarse en Valladolid y
otras ciudades. Es de suponer que en Valladolid la Comunidad de Castilla y León rinda homenaje a quien vivió parte de su dura infancia en Ciudad
Rodrigo. Y el 8 de enero, rehabilitada la platea del María Guerrero, que no
se ha limpiado desde su fundación en 1885, vendrá a Madrid.

Pérez de la Fuente dirigirá, a continuación, dos obras clave del siglo XX,
las dos del 49: La muerte de un viajante, de Miller, con la tragedia del
siglo representada por Willy Loman, e Historia de una escalera en merecido recuerdo a Buero, que tuvo su última morada en el CDN. Y para el 1 de noviembre del 2001 un Tenorio, con diseño de Ruiz de la Prada, con sus elementos orgánicos que mueren como el amor de los donjuanes.

La ministra roja del PP, Pilar del Castillo, que ahora conduce la cruzada
de las Humanidades en esta España que parece querer olvidarse de sí misma, estrena al «blasfemo» Arrabal. Es el primer estreno de campanillas, como titular de Educación y Cultura, de la ministra, que esta semana presenciará un ensayo en Madrid de la obra de Arrabal, antes del debut santanderino.

Arrabal escribió El cementerio de automóviles en 1957, con 25 años. En su imaginario de aquel momento sólo estaba España. Al marchar de Madrid hacia un exilio que todavía sigue -Fernando es el último exiliado-, el escritor, protegido por Luce -que será su heroína Lis, Lys, Sil..., y le había salvado la vida en su crisis tuberculosa parisiense de 1956-, vive en una, burbuja, alimentado por sus tiernos recuerdos.

En El cementerio de automóviles están las teresianas de Ciudad Rodrigo; la cárcel de Burgos, de la que se escapó su padre, en pijama, en enero del 42, y nunca más se supo; el Cinema X, de la madrileña calle de San Bernardo, con el solitario Robinson Crusoe, de Buñuel, los hermanos Marx, en el cine Capitol; los escolapios, de la calle de la Madera; el campamento del Frente de Juventudes, en Cercedilla; los jesuitas de la escuela de Tolosa, el euskera y la niña que tocaba el piano; los «agapitos» para entrar en la Compañía de Jesús, en Valencia; las camisas azules de la Plaza de Oriente; su madre en el Ministerio del Aire; los estudios de Derecho y Mamen, que dicen que entró en el Opus Dei, y las noches del Ateneo. Al fin, Luce, Francia, la paz. Y él, sólo escribiendo. «Todo me lo han enseñado las mujeres», le ha confesado al cronista.

El CDN nos vuelve a traer a Arrabal. El Inaem de Amorós se afirma. Y Pérez de la Fuente sigue su restauración del teatro ritual. En la línea del
Teatro Español que asombra al mundo: Comedians, Távora, La Fura del Baus, el gitano Paco Suárez, Boadella... Ya nos ha mostrado las profundidades del Mal-Rodrigo en Pelo de tormenta de Nieva; la galera errante del San Juan, de Max Aub; la cárcel de La Fundación bueriana, y la globalización de Gulen, en La visita de la vieja dama -reciente triunfadora en el Grec-. Ahora, la ceremonia de la confusión entre los desechos de las máquinas, en El cementerio. De una caverna a otra.

Arrabal le ha dicho al cronista: «En España es muy difícil hablar de nuevo
de Jesús, y me refiero al mensaje de los profetas. Como en El cementerio»,Arrabal, el «blasfemo», busca una luz, desde su recóndito universo cristiano, como su amado Buñuel, en este mundo en el que la tecnología, en sus miserias, degrada al hombre. Emanu -Cristo-, el protagonista, muere. Pero queda soy música, perseguida por la policía.

Pérez de la Fuente -¡otro escolapio!- salta ahora, con sus robustas adidas,
sobre los automóviles, cono un gimnasta, dirigiendo a sus actores -Juan
Gea, Beatriz Argüello, Alberto Delgado- hasta la extenuación, en este auto
laico-sacramental de amores y utopías imposibles. La violencia y la
crueldad de La Fura más la ternura y la sexualidad de Luce Moreau.
¡Cuidado, Pérez de la Fuente! No te descalabres o que no te descalabren.