THEATRE:

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Sábado 26 agosto

 

Fernando Arrabal, dramaturgo, escritor y pensador ,«El amor es el lenguaje
verdaderamente revolucionario»

GUILLERMO BALBONA SANTANDER /

ada más revolucionario que ser santo». Decir Fernando Arrabal es casi citar una marca, un sello, una seña de identidad de lo que ha sido el siglo que ahora fenece. Su obsesiva querencia última por la ciencia, la física y
mecánica cuántica le ha llevado al dramaturgo, escritor y pensador a tener
un sentido reverencial por la cifra, una cotidiana pasión donde la vida es
una ceremonia que funde poesía y matemática. Su dualidad es Eva y la
Virgen, que se le apareció cuanto tenía dieciocho años; y la ecuación
perfecta es el camino de la santidad, la «bondad» como meta, «como una
forma de la memoria que es el arte de combinar los recuerdos». En su
escritura hay reflejos de los hijos intelectuales y creadores del siglo,
pero Arrabal, el autor ahora más representado en el mundo, es recobrado
para la escena española a través de «El cementerio de automóviles». El
autor de «Pic-nic», que dice estar «preparado para morir dentro de cien o
doscientos años», se muestra convencido de que el presente es un tiempo
«formidable» caracterizado por un auténtico «Renacimiento».

-¿Qué opinión le merece a su autor este montaje de «El cementerio de automóviles?


- Anoche (por el jueves) vivimos un preestreno triunfal debido sobre todo a los actores y al director. Lo que sucede es que aquí en España siempre
hemos sido muy humildes y yo mismo lo he sido a la hora de ver mis
espectáculos. Veo constantemente mucho teatro y cuando me dicen eso de que soy el autor vivo más representado es cierto, pero también es verdad que mis contemporáneos se han muerto, los Ionesco, Beckett...Veo mucho teatro y la tentación es ser modesto, ecuánime, pero no me corresponde. Este texto es de hace medio siglo y lo que cuenta ahora es el espectáculo. Podríamos hablar de ello con palabras como modernidad, dirección, originalidad. En realidad, director y actores desarrollan un trabajo fenomenal que refleja cómo se debe montar hoy el teatro. En este sentido, se corresponde con esos cuatro o cinco espectáculos que han dejado huella en el siglo como son «El diario del sordo» de Wilson, «El príncipe constante», los Ronconi y el de Víctor García del propio «cementerio de automóviles».

-¿Fernando Arrabal continúa creyendo en el público?

-Sería terrible que no creyera en él. Hay un cuento de hadas que se inició
hace medio siglo y aunque público y crítica han sido tremendamente
hostiles, siempre queda algo favorable pues si no fuese así el teatro
habría desaparecido ya.

-¿Uno escribe y debe escribir contra el poder?

-Se escribe de cosas esenciales. Mi teatro no aborda otras cosas que las
del teatro de Sófocles, Pirandello, Brecht, Calderón. Cuando dice Camilo
José Cela que Arrabal es el mejor dramaturgo español tras Calderón quiere
decir que está próximo, que existe proximidad con Calderón. Y cuáles son
los temas que me obsesionan, pues los mismos que obsesionan al Edipo de Sófocles: el amor, la inmortalidad, la idea de traición y la responsabilidad de la libertad. Ahora que estoy leyendo ese acercamiento a
Lucy (hallazgo en el estudio de la evolución humana), lo que su figura
cambia respecto al mono es que tiene un poco más de cultura, es decir de
responsabilidad. Es capaz de cortar un sílex en siete partes, lo que la va
a hacer más libre y responsable. Es ese problema que implica amor, libertad y poesía es eterno. La situación del dramaturgo, del poeta, del hombre de ciencia es que no debe asustarse de ser minoritario.

-¿En qué momento se halla el teatro como lenguaje; ha perdido capacidad de comunicación frente a otros ámbitos?

-Sobre esto hay dos opiniones encontradas: la de quienes, como yo, pensamos que la ciencia, la poesía, las matemáticas, el teatro son capitales y están transformando el mundo; o los que piensan, y también tienen razón que no interesa a nadie, sino que lo que interesa es Titanic, La guerra de las galaxias, la princesa Lady Di, lo que hace la princesa de Mónaco...Frente a esas películas que no se puede negar que son divertidas pero que no dejan una huella de transformación, sí la deja el teatro que se está haciendo en el mundo. A mi modesto entender se está viendo un renacimiento en el verdadero sentido de la palabra; un renacer, y se renace con sangre sudor y lágrimas. Es muy difícil el mundo que estamos viviendo. Antes vivíamos en equipo, Pirandello, Brecht. Hoy no es así, vivimos solos. El mundo de hoy es formidable en los tres sentidos de la palabra: bello, hermoso y terrible. Y causa terror porque no tengo la suerte de los Brecht y Pirandello, al no formar parte de un equipo que nos sostiene y sostenemos. Pero, paralelamente, no creo que haya un progreso como tal del teatro.

-Ese renacimiento, ¿se está manifestando con más energía en algún
territorio determinado?

-El terreno de la poesía, de la filosofía, de la ciencia son terrenos
paralelos. En realidad, no desprecio nada, Ni ese cine antes citado,
Titanic, Star wars...ni lo de las princesas, no lo desprecio. Lo que sucede
es que lo de verdad me interesa es esa otra manera de concebir el mundo que la dan otros cineastas y yo mismo. Pero qué maravilla de país. En este país (por España) no creo que haya nadie que haya visto mis siete largometrajes y ni siquiera los más comerciales como «Viva la muerte». Pero como paradoja, recientemente, me dieron el premio Cine y literatura ¡Puede haber algo más hermoso que eso!. Nunca he tenido la pretensión, por favor, de ser más o menos comercial, mis películas son como el teatro, una escenificación de la astrofísica, de la ciencia.

-¿Y dónde queda Arrabal?

-No es fantasía, es imaginación. Me parece alucinante que me llamen genio. Lo que yo quisiera es ser santo porque la genialidad fue un don que me dio el destino, todo lo que pudiera decir de la inteligencia está en mí desde los diez años. En realidad, el arte de la inteligencia es muy sencillo, es servirse de la memoria, pero la bondad es otra cosa. La memoria por
supuesto que es capital, y la imaginación es el arte de combinar los
recuerdos y yo no me salgo de ellos.

-¿Cómo es la España de hoy, no tiene mucho de surrealista?

-Las grandes ideas que han cambiado el mundo están señaladas por el ajedrez y el teatro, como ya sucedió en el pasado. Hoy en España tenemos el mejor jugador del mundo Alexei Shirov, que nació en Lituania, y al tiempo tenemos los mejores dramaturgos, y yo, que soy el más representado en el mundo.
Así, la idea motriz de la España de hoy es imperial y aunque este país
combate su propia humildad se encuentra desde el punto de vista espiritual
en un momento muy importante.

-¿Y lo de ser santo?

-Ahora parece que se sorprenden porque he dicho lo de ser santo. Cuando me preguntan en esas encuestas qué quiero ser, pues quiero ser Dios, que es inmenso y todo amor, y no hay nada blasfemo en ello. Lo absurdo sería lo contrario. El primer término de la santidad es amar al prójimo como a ti
mismo y no se puede decir nada más revolucionario. Y al revés, ama a ti
mismo como amas al prójimo.

-¿Cómo se consigue?

-El camino a la santidad es casi imposible, pero haciendo lo posible por
amarse a sí mismo como se ama al prójimo. Y hay un camino ideal, que no es la fe. Yo soy agnóstico, un hombre que duda. Fe, esperanza y caridad son interesantes pero sin sentido frente al ideal que es el amor.

-¿La verdadera religión no es la libertad?

-La verdadera religión es el amor. Cuando se tiene amor, es inútil la fe,
la esperanza y la caridad. Me importa tres cominos cuándo nació Cristo o
Buda, lo que me importa es el amor, es el lenguaje verdaderamente
revolucionario. Hoy en un país próspero como éste, donde tenemos casi todo, lo que nos hace falta es más amor.

-¿Con Buñuel y Goya, usted configura la santísima trinidad española?

-No lo creo, me asemeja a los dos el que en un momento dado ninguno de los tres pudimos seguir viviendo en España. El caso de Goya fue el más
dramático. En mi caso, estar fuera, más que soñar con el dictador, lo que
me ha obsesionado es el recuerdo; siempre tengo presente a mi padre, su
presencia no la puedo evitar. Que fuera un militar condenado y
desapareciera, -nunca he vuelto a saber nada-, me crea continuas pesadillas.