THEATRE:

martes 22 de agosto de 2000

ARRABAL
por
Juan Carlos PÉREZ DE LA FUENTE

Diecisiete años sin estrenar a Arrabal en el Centro Dramático Nacional son
demasiados. Fue en la etapa del viejo maestro José Luis Alonso Mañes cuando se montó «El rey de Sodoma». Después, el silencio y el olvido. Los motivos tendríamos que preguntárselo a los distintos directores que posteriormente ha tenido esta casa. Pero lo cierto es que la máxima institución de teatro público contemporáneo español no puede castigar de esta forma no sólo al poeta, sino también al público. Sobre todo al más joven, que mientras lo estudia en las aulas, no tiene la oportunidad de encontrarse con él en el escenario, y es allí precisamente donde sucede el hecho teatral y no en la lectura individual de un texto.

«El cementerio de automóviles» es una obra fundamental dentro de la
producción arrabaliana. Como todo el teatro de su primera etapa, el autor
habla de sí mismo, postura muy honrada y sincera de un artista. Es un
teatro de conflictos, obsesiones, angustias y sueños de represión. Aunque
con influencias de la nueva dramaturgia europea, especialmente de Beckett,
del cine mudo y de los lienzos de El Bosco, Goya o Brueghel, «El cementerio de automóviles» huele a España por los cuatro costados. Es una obra muy joven, rompedora e inconformista. Revolucionaria por su ingenuidad, por su crueldad, por su ternura. Con mucho humor. Con muchas ansias de conocimiento, o mejor aún, de autoconocimiento. Rito iniciático del ser que se busca, que tiene la imperiosa necesidad de encontrarse.

En el gran cementerio de automóviles de nuestro próspero Occidente, Arrabal sitúa a unos seres humanos abandonados a sus potencias. Son los marginados del mundo, los perseguidos, los desheredados de la tierra del progreso.
Vamos a participar de la ceremonia de la confusión. Viaje a lo más profundo del ser. A lo más oculto y prohibido. También a lo más sublime. Destituido el viejo orden social y las normas que les aprisionaban, estos niños arrabalianos juegan a encontrarse en este yermo de chatarra. No hay juego de crueldad. Tampoco sin ternura. Gritos, histeria, ingenuidad, amor, caos, vértigo... y humor.

No se puede comprender el universo de Arrabal sin el humor. Los personajes son como niños que juegan roles de adultos. Juegan para perderse. Es una forma de encontrarse.

Esta puesta en escena es ritual. Todo mi último teatro lo es: Nieva, Aub,
Buero. Teatro de ceremonia y rito, para un tiempo trivial y cotidiano.
Teatro español para la vieja Europa de la globalización.