THEATRE:

Miércoles, 6 de septiembre de 2000

 

Festival Internacional de Santander

"El cementerio de automóviles, continúa vigente, porque hoy todos somos okupas"

LLUÍS BONET MOJICA / Barcelona


Hubo Pánico (recuerden el llamado Movimiento Pánico, que él y otros conspicuos transgresores crearon en París) anoche, en Barcelona, con la presentación de "El cementerio de automóviles", la famosa obra de Fernando Arrabal (Melilla, 1932), en un nuevo montaje del Centro Dramático Nacional que firma su director, Juan Carlos Pérez de la Fuente. La pieza, que data de 1957, permanecerá en el teatro Principal hasta el 24 de septiembre.
Aunque sigue escribiendo a mano, el autor tiene página en Internet (no se la pierdan: http://www.arrabal.org/), próximamente estrenará en Israel "Hitler en su búnker" y el 12 de mayo del 2001 podrá verse en Granollers, dirigido por Ángel Alonso, el montaje "Vendaval Arrabal".
Y Arrabal, que mantiene la agradable insolencia de la brillantez, afirma no ser un provocador, sino un precursor. Ayer plantó unos instantes al entrevistador para intentar -sin éxito- que tres monjas que pasaban por la plaza Catalunya aceptaran fotografiarse con él.
-¿Es hoy vigente "El cementerio de automóviles"?
-Lo es, porque trata de algo intemporal. ¿Qué somos todos, sino okupas, a veces okupas del amor? Los de la obra viven en coches, entre la chatarra. Por cierto, en Barcelona se hace el mejor teatro de Europa. Ahí están Els Joglars, Comediants, La Fura, Tricicle.
-¿Recibió respuesta a su "Cartaa José María Aznar, con copia a Felipe González", enviada en 1993?-Era una carta espléndida, en la que pedía la desamortización de los bienes del Estado. Me gustaría que la riqueza se repartiera entre todo el mundo, cada cuatro años. No de manera arbitraria, sino que se diera desde el okupa hasta el señor o la señora que vive en un gran piso. Cada uno debería tener su parte del dinero del Estado. Que de pronto no hubiera ricos ni pobres. Al cabo de cuatro años, volverían a existir los ricos y los pobres, y otra vez se repartiría todo. No soy un geopolítico, aunque estoy satisfecho de mis cartas.
-No será usted un hombre político, pero fue expulsado de España por el franquismo.
-Lo que me llevó al ostracismo, la difamación y la calumnia es haber dicho, cuando no había que decirlo, cosas evidentes. Lo que comenté de Franco era capital. Vi que no era lícito el gobierno de Franco, como tampoco el Gulag soviético. Me anticipé. En la actualidad, a mí me gustaría una España anarquizante, con la abolición total del Estado. O que fuera un Estado, moderno y modesto, como lo es el teatro. Por eso el teatro es un barómetro de la sociedad.
-Sigue teniendo usted fama de provocador.
-Uno de los actos míos, considerados como más provocadores, aconteció aquí, en Barcelona, en 1977, cuando asistí al primer Congreso de Anarquistas. Fui invitado como el gran anarquista español en el exilio. Y al llegar, les dije la verdad: "Hay que pedir perdón de rodillas. Por los curas que hemos matado, por las monjas que hemos violado, por las iglesias que hemos quemado". Fui abucheado.
-También fue usted un talento precoz.
-Ahora escandalizo porque digo que ser santo es muy superior a ser genio. Desde que tenía 10 años se me consideró un genio precoz, cuando gané un concurso de superdotados. Es más importante ser santo.
-Ha afirmado que el teatro es su lengua materna, pero su campo de acción ha sido amplio: el ajedrez, la pintura, el cine...
-Fue por el placer de abordar asignaturas consideradas como minoritarias. Me gusta mucho el mundo de la bibliofilia, colaborar con pintores en libros de escasa tirada. Tengo 400. Son obras de arte que cuestan un huevo y la mitad del otro. A los actores de "El cementerio de los automóviles", he prometido regalarles el último. Cada ejemplar pesa cinco kilos. También he escrito libros de ajedrez. El dinero nunca me ha preocupado demasiado. El dinero cayó por casualidad y la verdad es que ahora no me importa.
-Siempre le ha apasionado el ajedrez, que exige mentes muy compartimentadas.
-Soy un fracasado del ajedrez. Metí toda la carne en el asador para ser un gran campeón. Pero exige un don de la naturaleza. Eso sí, siempre ganaba a Jean Genet, que no había estudiado ajedrez.