THEATRE:

6 de abril de 2001

 

 

La Abadía revive la España 'moribunda' de 'El cementerio de automóviles'

SUSANA MORENO

 

La obra de Fernando Arrabal se repone en Madrid hasta el día 29


MADRID.- El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal (Melilla, 1932), toma cuerpo cruel y delirante en el teatro de la Abadía, de Madrid, desde hoy hasta el día 29, en una coproducción con el Centro Dramático Nacional y la Sociedad España Nuevo Milenio. Otra vez se encarama a un escenario aquella visión descarnada y chatarrera que el escritor melillense dio de Madrid en los años cincuenta. El autor dice que la obra teatral -cuyo texto se publicó por primera vez en Francia en 1952 y en España en 1965- le sigue pareciendo misteriosa y recuerda que la escribió 'un chaval de los madriles que buscaba los resortes de sus propios adentros, que los ponía al desnudo y los analizaba'. Un joven que por el día sufría el acoso de 'los mandos e inquisidores' y a la caída del sol entraba en 'el trance nocturno, compensatorio y frustrante de crear'. Los programadores de La Abadía definen El cementerio de automóviles como la representación de 'una sociedad moribunda, en desintegración, carente de valores'. 'Los personajes, ocultos en coches inutilizados, están condenados a una desagradable convivencia y reaccionan con violencia, preocupados sólo por las funciones vitales básicas'. De esa fosa de chapa, ruedas y kilómetros con pasado emergen Milos y Dila, 'una extraña pareja' dominadora y cruel unas veces, y dominada y sumisa otras.


Arrabal subraya que el director del montaje que llega ahora al teatro de la Abadía, Juan Carlos Pérez de la Fuente, es 'por talento y biografía quien más se acerca a la esencia' de la obra original. Pero lo dice tras destacar que de tantas versiones como se han hecho de El cementerio... hasta él mismo ha perdido la noción de lo que quería transmitir cuando la escribió: 'Confundido por puestas en escena tan contradictorias (de histeria genial en un sitio y de la inocencia más pura en otro) me pregunto qué quise decir', confiesa.


El director sí que lo tiene claro, y lo explica: 'Fernando Arrabal nos invita, a toque de campana, a participar en la ceremonia del autoconocimiento, para lo cual se hace necesario entrar despojado de las viejas vestimentas morales'. Pérez de la Fuente incita a los espectadores a 'vivir las tribulaciones de unos seres marginales, niños terribles de ayer y de hoy jugando a encontrarse con todas sus potencias, sobre todo con las más ocultas, las que habitan en territorios prohibidos'. No es de extrañar, por eso, que El cementerio de automóviles sea comparable a 'un jardín de chatarra de las delicias y de los delirios humanos', al entender del director, un sitio desapacible donde conviven 'el caos, el aturdimiento, la confusión, el humor, la ternura, la ingenuidad y la crueldad'.


Para Pérez de la Fuente, no hay duda tampoco de que ese campo de fracaso y sombras de automóviles representa a España. 'Este cementerio arrabaliano huele a España por los cuatro costados: obsesiones, miedos, sueños negros y ansias de libertad; diablos que saltan de los lienzos de El Bosco a la atormentada mente del poeta; aguafuertes de Goya; reglas de curas que rasgan la piel de las manos inmaculadas de un niño; letanías infinitas, madres represoras y padres encarcelados'.