«LOS PERSONAJES DE ESTA NOVELA SON RABIOSAMENTE MODERNOS»
( por Antonio Lucas)
FERNANDO ARRABAL Surrealista, pánico y sátrapa patafísico,
Fernando Arrabal (Melilla, 1932) es dramaturgo, poeta, novelista, director de cine y «anarquista divino». Su actitud es la del escritor
absolutamente libre, la del creador efervescente que diluye los
límites entre vida y obra. En La torre herida por el rayo
-Premio Nadal en 1984- desarrolló una historia apasionante que
tiene como eje una partida de ajedrez, juego en el que Arrabal
es capaz de cifrar el mundo.
- Esta novela supone su vuelta al género narrativo tras casi 20
años apartado de este ámbito, ¿cuáles fueron las circunstancias
que se dieron para su escritura?
- Pues me coge usted desprevenido. ¿Veinte años? ¿Tantos? Lo
que no recuerdo son las circunstancias que me llevaron a ella.
Es una cosa curiosa, porque hay un fenómeno que habría que
estudiar desde el punto de vista sociológico, psicológico o
filosófico: por qué un autor de pronto escribe un soneto o una
pieza de teatro, por qué el espíritu le pide escribir una
novela... La novela es como una aventura en la que no se sabe
qué va a suceder.
- En «La torre herida por el rayo», como ya hizo en otras
obras, apuesta por una ordenación dual del texto para contrastar
dos realidades, las de los protagonistas...
- Sí, es algo que luego adoptan otros autores españoles. Es una
confrontación de dos jugadores en una partida de ajedrez. Esto
en mí es una constante, puesto que he escrito varios libros
sobre el tema y llevo una crónica de ajedrez en el semanario
francés L'Express desde hace más de 25 años. La confrontación
que se suscita entre los jugadores me parece interesante por
esos mismos puntos de contacto que se establecen entre el juego
y el arte.
- Y esos protagonistas y contrincantes, Tharsis y Amary,
representan también dos espacios y dos tiempos distintos.
- Para mí, los personajes de esta novela son más interesantes
hoy que en 1983, cuando se publicó. Ese interés viene, entre
otras cosas, porque una vez desmoronado el Muro, ese combate
científico-literario-artístico-aventurero es más actual. Los dos
protagonistas son rabiosamente modernos: uno por su carácter
anarquista, desde el punto de vista sociológico; y el otro,
desde el punto de vista científico, por el estudio que hace en
el libro de las partículas elementales, del prión y del fenómeno
más apasionante científico-artístico, y yo diría hasta pánico y
patafísico. Esta novela dice, atendiendo al principio de
indeterminación, que la incertidumbre es pasajera y sería
formidable que hubiera solamente incertidumbre. Es la ambigüedad
cervantina, la confusión que hemos llamado pánica...
- También en esa confrontación de los jugadores de la novela se
recrean dos concepciones del mundo antagónicas, como el yin y el
yan del Tao, figuras en permanente desafío.
- Sí, la figuras negras y las blancas del ajedrez. Tharsis y
Amarys son personajes muy complementarios, aunque ellos se
consideran enemigos. El anarquista y el hombre de ciencia se
complementan. Cuando salió la novela tuvo una acogida
conflictiva. Hubo quien la interpretó como mi toma de postura
sobre ciertos combates políticos del momento. Pero lo cierto es
que no me interesaban nada. Lo que quería era verter una mirada
ávida sobre el mundo real, en la frontera de lo que tiene de
verosímil, y pudiendo atravesarla.
- Entonces, ¿podría considerarse este libro como el texto
alucinado de un visionario?
- Hay que tener en cuenta que pasé tres años en el grupo
surrealista, aunque creo que esta clase de novelas son
antisurrealistas. Yo veo el libro más en la órbita de Kafka, de
Grombowicz, de Kundera. Nosotros no hacemos una novela o un
teatro surrealista o absurdo, pero en esta novela resultaba
interesante la explosión de la imaginación, que es la primera
exigencia del arte moderno. Conviene tener claro que este texto
no es hijo del surrealismo o la patafísica, a pesar de que tanto
nos han conmovido y que estamos dentro de ello para crear
subcomisiones para estudiar, por ejemplo, si el ombligo existió
en Adán y Eva. Algo que nos interesa.
- Dice que la imaginación es eje de esta historia, sin embargo,
la realidad grosera termina ganando la partida.
- Exactamente. Mire, hubo un conflicto entre Camus y Sartre, y
el primero terminó diciendo que Sartre estaba viendo la Historia
sentado en un cómodo sillón. Yo creo que se puede ser Tharsis o
Amary, tener dos conceptos del mundo, pero hay que estar dentro
de la Historia. A mí me interesaba la aventura de estos dos
personajes, y la Historia es la aventura en la que están. Según
la escribía no sabía ni me interesaba lo que iban a hacer cuando
se confrontaran, porque yo soy los dos -entre mis apellidos está
Tharsis y Amary-. Soy el anarquista divino y el hombre de
ciencia que duda. ¡Qué gran momento se está viviendo en la
ciencia!
- Por lo que dice, el ajedrez parece una estación más de la
locura o el misticismo.
- Es que toma parte de esto. De ahí que evacuar la locura o el
misticismo me parece inhumano. Muchas de las escuelas
psiquiátricas de hoy en día se niegan a pronunciar la palabra
loco, eso es asombroso. Los personajes se preguntan «qué es lo
que comprendo y qué hace que una cosa sea diferente a otra», e
intentan plasmarlo a través de esa partida de ajedrez que,
desgraciadamente, no es mía. Todos creemos que un jugador de
ajedrez es una especie de loco o de personaje intelectual que
está fuera del mundo. Y no es así: ¡El jugador es una persona
que está lanzado en el mundo!
- ¿Y de qué modo han influido en su asunción de la literatura
algunos de sus más insignes amigos: Samuel Beckett, Eugéne
Ionesco, Emile Cioran...?
- He estado toda mi vida rodeado de gente muy inteligente, y
entre ellos muy enfrentados. Estos tres han sido personajes
capitales en mi vida. Lo que más llamaba la atención de Cioran
es que, al hablar con él, parecía un ser dicharachero y
campechano, casi bromista. Con todos ellos he tratado temas casi
siempre ajenos a la literatura. Mire, de lo que más hemos
hablado Beckett y yo ha sido de filosofía y ajedrez. Con
Ionesco, por otro lado, siempre estábamos charlando de religión
y de Dios. Son todos asuntos muy sonrientes y muy risueños. He
reído mucho con ellos.
- ¿Y cuáles cree que son los rasgos de la novela actual?
- La inteligencia, sin duda.
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