12-IX-MMI
12-IX-MMI
NEW YORK
NEW APOCALIPSIS
(Poema)
Fernando Arrabal
| Concluímos el verano al borde del abismo que nos han preparado los otros. Incluso llora la cruz. Las babeles se columpian crucificadas en la película de horror de la hermanita de Hollywood. El ciudadano se bambolea en el Gólgota de los vahidos mientras que los edificios se tornan despeñaperros. Envidiosos de ver andar sobre las aguas, los diablos se estrellan en el aire con la pared. Y el peatón encuentra su muerte y su peana. De polvo en polvo, entre las nubes, vertiginosamente, no podemos dilucidar si el mundo desciende para siempre o encontrará su alma para levitar. En plena bajada de los cielos los aviones de mal-agüero se disparan a boca-piedra como obuses de juguete en un cataclismo de Juicio Final. El deber reclama frente al oráculo de los kamikazes con gafas explosivas. Y es el descenso de las alturas. Los disciplinados matarifes, misioneros del Odio, dejándolo todo patas arriba, realizan su misión imposible. Cual jinetes del Apocalipsis con ramos de locura se lanzan a la persecución y derribo de la caridad. Aterran besando la infección. El fanatismo como Virus se ha convertido en plaga de arena y petróleo capaz de contagiar a su inmundo mundo. El asesino alado provoca una angustia de prión, pero infinita. Con el deshonor inventado por los charlatanes de la patria o la vida, el proxeneta y padrino se protege sin nombre de pila. Es el diablo antipático del continente antípoda; el satanás de todos los terrores; el puritano con cama al borde del burdel y pensamiento en espiral, como la tripa patafísica del Père Ubu. Para mayor pavor del ciudadano de a pie, el matón alado dispone de una máscara adaptable en las primeras clases de los 767 . Es el misionero imposible de la causa del terror capaz de estrangular con su pañuelo de cocina. El terrorista de avión simboliza al ángel caído Desde el mismo cielo y desde las mismas montañas del Viejo. Es el demonio capaz de programar la vida de los humanos y la muerte de los paganos. Homero en la Ilíada crea la leyenda mitológica que analiza el caos de Nueva York. La Quimera era el monstruo de la demagogia. Atemorizaba a los que no creían en sus planes panaceas vomitándoles llamas. Como todos los porvenires radiantes era una mala bestia. Y el que dude de lo que es capaz, que recuerde los campos de exterminio. Anunciaban las torres gemelas derribadas por el odio. La Quimera era hija de Tifón y de la Víbora -como su veneno rubrica- . De ella heredó no sólo su culo. Tan horrososa aparecía que muchos creyeron al verla que cargaba cola de dragón. El Fanatismo es un virus de armas tomar. Y no van a faltar; y entre ellas muchos kamikazes que saben volar planeando sobre la Muerte. ¿Qué las desviará de esta ruta mortal?. ¡Qué mejor que inspirarnos del homérico Belerofonte! Con ayuda de un caballo alado aquel héroe, hijo de Neptuno y de Eurimeda, mató precisamente a Quimera y sin necesidad de puntilla. Pegaso era un corcel tan fabuloso que no nació del vientre de una mujer sino de la sangre derramada por la Medusa decapitada. Como los asesinos nos obligan a regenerarnos. "Sorprender y aterrar está al alcance de cualquiera" podría ser la divisa del terrorista. Por ello los aviones encabritados se convierten en palomas esquizofrénicas. Pero las aves celestiales sobrevuelan el infernal restralleteo de los atentados con la glosolalia musical. Cuando Quimera puebla de llamas la Tierra ¿Estamos viviendo la parábola del inicio del siglo XXI? Fernando Arrabal |