THEATRE :

sábado 19 de enero de 2002

El director de ABC,
José Antonio Zarzalejos,
felicita a Fernando Arrabal
después del estreno de su obra
«Carta de amor (como un suplicio chino)».

Fernando Arrabal ilumina las catacumbas de su corazón con la luz de su palabra expiatoria


Por Juan Ignacio GARCÍA GARZÓN

«Carta de amor (como un suplicio chino)». Autor: Fernando Arrabal. Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente. Producción: Centro Dramático Nacional. Escenografía: Xavier Mascaró. Vestuario: Javier Artiñano. Iluminación: José Luis Alonso y Luis Martínez. Espacio sonoro: Eduardo Vasco. Intérprete: María Jesús Valdés. Lugar: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid. Fecha. 18 de enero.

Fernando Arrabal se ha internado en el corazón laberíntico de sus obsesiones para escribir una de sus obras de más clara, alta y profunda significación, de más encendida y concreta vibración poética. Un amoroso combate con sus demonios familiares que ilumina y complementa el conjunto de su obra, el ala que equilibra el vuelo de otras entregas de su producción (principalmente su novela «Ceremonia para un teniente abandonado»). Siempre entre el rito y el mito, este autor que se zambulle en las aguas lustrales de la religiosidad, y asume y ocupa los símbolos para trascenderlos, encuentra en el nuevo espacio habilitado en las entrañas del Centro de Arte Reina Sofía un lugar ideal para poner en pie este enfrentamiento con sus orígenes y sus fantasmas; antiguo nosocomio, tal vez sala de disección, después almacén de obras de arte y convertido ahora en espacio escénico-ceremonial, en la intimidad románica de esta cripta crepitan como plegarias de luz las palabras con que Arrabal acuna el recuerdo de su madre.

Aparentemente, es sólo un monólogo el que desgrana una mujer que recibe carta de su hijo, pero en esta corriente verbal que fluye mansa pero imparable, con la tenacidad de un arroyo milenario, se agazapan también, por partida doble, las palabras del hijo: el niño que ella recuerda y el adulto que escribe y censura; y pesa también la ausencia tremenda del padre que gravita decisivamente sobre la relación. Y la guerra civil, madrasta historia, al fondo, como despiadado Moloch devorador.

VIAJE A LA RAÍZ DEL DOLOR

Arrabal escarba en su vida con manos trémulas, explicita la desaparición del padre condenado a muerte tras la contienda y luego fugado para siempre jamás, los esfuerzos de la madre por anular los vestigios del pasado doloroso y conseguir que su hijo pueda crecer en paz... Sabe que viajar a la raíz del dolor es un acto doloroso y se redime y, al tiempo se reconcilia con su madre, iluminando las catacumbas de su propio corazón con la antorcha encendida de su verbo expiatorio. Una hermosa, intensa, viva confesión de amor y amargura, de vida, que queda ejemplificada con la parábola de los amantes condenados a un horrible suplicio chino: morir encadenados el uno al otro, sin ningún alimento, abocados a devorarse mutuamente. Espeluznante metáfora de las relaciones familiares, donde tantas veces se destroza lo que más se ama, yendo de la caricia a la dentellada.

Juan Carlos Pérez de la Fuente, que tan bien ha demostrado saber internarse por los ardientes dédalos arrabalescos, construye un espectáculo de sobrecogedor espíritu sacrificial, un milagro de intimidad trascendida gracias una meticulosa labor de dirección atenta siempre a subrayar el filo de cada gesto, de matizar y potenciar cada detalle, de dar sentido a las cenizas de la memoria. Un gran trabajo de construcción sobre un texto difícil, casi sin acotación escénica alguna. Claro, que para ello cuenta con un instrumento de altísima precisión interpretativa: la estremecedora, tierna, prodigiosa María Jesús Valdés en un trabajo de los que hacen contener la respiración, que justifican un espectáculo; la actriz realiza una creación que da carne, voz, pálpito esencial a una criatura devastada por las espinas de la historia y de su historia. Y cuenta también con un espacio y unos elementos escénicos de oscura belleza, de ominoso y sugestivo atractivo, entre sótano eclesial y seno maternal, todos al servicio de la obra. Un montaje soberbio que los sesenta y pocos espectadores que la sala es capaz de albergar aplaudieron anoche con entusiasmo, puestos en pie. El autor salió a saludar visiblemente emocionado, casi incapaz de articular palabra, abrazando a su «madre» Valdés como un niño perplejo y asustado: «Dejadme que disfrute de este cachito de felicidad», musitó al borde mismo del llanto, feliz y liberado.