THEATRE :

Domingo, 20 de enero de 2002

Infierno y cielo de Arrabal

 

IGNACIO AMESTOY

Arrabal ha estrenado «Carta de amor» en el Reina Sofía, en una producción del Centro Dramático Nacional. Cerrado el María Guerrero por las termitas, no podía haber mejor lugar. Con algo más que el «nihil obstat» de Andrés Amorós, Juan Carlos Pérez de la Fuente realiza el que para muchos es su mejor trabajo como director.En los bajos del Reina, en el que dicen fue pabellón de los locos, Pérez de la Fuente lleva a cabo un bello exorcismo de arte contemporáneo.María Jesús Valdés es la madre de Arrabal sobre el escenario contradictorio y cruel del Madrid de los años 40.

Camilo José Cela se ha marchado al otro barrio sin monsergas ni agonías. «Toma, claro. No hay que ser pesado», apostillaría el Nobel. Bueno, pues Cela al referirse a Fernando Arrabal solía irse por los cerros de Ubeda hablando de la gracia, del alma, del ángel de la guarda y hasta de Dios. O sea, que a Cela le flipaba Arrabal. Vamos, que, de no haberse ido al otro barrio, le hubiera gustado estar el viernes en el estreno de la obra de Arrabal, Carta de amor, en las criptas fantasmales del Reina Sofía.

Don Camilo decía que Arrabal, «adivinador cronista de nuestro tiempo», daba a la historia «el toque de gracia que sirve a la literatura de remate espiritual». Para, después, subrayar que «el alma no tiene materia porque la excede y sobrepasa», y que un escritor como Arrabal, «en estado de gracia punto menos que diabólica», podía «tocar con las manos del alma esa esquina contra la que saca chispas el ala del ángel de la guarda».

Y de ahí, don Camilo, sin cortarse, se iba a teologías o teogonías, para afirmar: «Nadie sabe si la órbita de las estrellas ha sido creada por Dios, como el hombre o la flor o el pájaro, o es la misma mano de Dios hecha carne o nube o suspiro». Es decir, que lo de Arrabal le parecía a Cela sobrenatural. Es de suponer que al decir todo esto, Don Camilo, mutatis mutandis, pensaba en su propia obra.

Don Camilo hubiera asistido gozoso al festín, entre angélico y demoníaco, que es la representación de Carta de amor. No en vano, en esta obra se desvela el nudo gordiano de un creador como Arrabal, que ha sufrido a lo largo de su vida el vía crucis de una relación entre el amor y el odio con su madre, muerta el día de Navidad del año 2000. Arrabal no perdonó nunca a su madre católica y franquista el que le hubiera ocultado la verdadera historia de su padre: El teniente Arrabal, fiel al Ejército Republicano, tras serle conmutada la pena de muerte, la noche del 28 de enero de 1942, cuando el escritor tenía 10 años, se fugó del hospital militar de Burgos, desapareciendo con un amigo.

La madre de Arrabal, doña Carmen Terán, secretaria del Ministerio del Aire en el mismo Burgos cuando ocurrió la fuga, se vendría a Madrid. Y Fernando y su hermana, que estaban en Ciudad Rodrigo, con una tía y los abuelos, se juntaron con su madre. Doña Carmen le dijo a Fernando que su padre había muerto. El muchacho se hizo a la idea y convirtió a su madre en su diosa. Hasta que con quince años descubrió en una alacena los documentos que le revelaban la auténtica personalidad de su padre y su fuga.

El cielo que durante cinco años había sido Madrid para Fernando Arrabal se convierte en un infierno, un infierno que no ha acabado.Su Carta de Amor es una expiación. Arrabal, que estuvo a punto de ser jesuita y que en buena parte de su obra tiene como referente el universo cristiano, plantea en esta obra, subtitulada Como un suplicio chino, todo un exorcismo. Un conjuro que tiene como escenarios de la vía dolorosa recorrida por Arrabal y su madre incontables lugares de Madrid.

El exorcista de este ritual ha sido Juan Carlos Pérez de la Fuente, que no es la primera vez que se enfrenta con Arrabal, siendo un experto en las ceremonias teatrales Pelo de tormenta, La fundación o La visita de la vieja Dama, lo atestiguan de sobra .En el exorcismo hay una sacerdotisa, la actriz María Jesús Valdés, que encarna a la madre de Arrabal, y con ella a todas las madres de la dura, de la feroz, de la saturnal España.

Arrabal añora aquellos cinco años de felicidad. Al tiempo que abomina de la falsedad que hubo en aquella dicha. Su amorosa madre se convierte en feroz madrastra, su diosa se transforma en demonio. Pero hasta las doce campanadas del desencanto todo es un cuento de hadas. El cuento de hadas en el que algunos quisieron envolver décadas de la Historia de España.

La madre arrabaliana rememora aquellos «felices cuarenta» suyos: «Recorríamos a pie todo Madrid: la Gran Vía, Alcalá o la Rosaleda, contándonos nuestras cosas, con tanta complicidad. Al final del paseo me decías: 'Qué corta ha sido la tarde para todo lo que teníamos que decirnos, tú y yo, mamá'». Y la calle Barquillo, la oficina de la madre en Serrano, los conciertos sentados en las sillas de hierro del Retiro o el mito de la Cibeles. Y la Plaza de Oriente, donde un día le dice Arrabal a su madre: «Cómo anhelo la utopía de volar contigo hacia un dominio fecundado por el don de la hermosura». Y otros lugares hechos sueño, la plaza del Pino o la calle del Conde. No recuerda Arrabal en su Baal, sí al burrito de Oriente, que el cronista también vivió y rememoró.

Y en medio de la dicha, Arrabal se entera de lo que le había sucedido a su padre. Punto y aparte: «Juego a ser mi propio padre y a veces creo conseguirlo. Trato de ser el amo de mí mismo.Espero calzar al universo, sin mamá». Y se irá distanciando de su madre. Y desde los 19 años ninguna comunicación con la madre. Hasta esta última carta que lee la Valdés en las tétricas mazmorras del Reina: «A ti y a mí la guerra civil, madrastra historia, nos infligió este martirio chino. A punto también estuvimos de devorarnos».

Bajo el grito de la madre del Guernica de Picasso, el hijo resucitado por el exorcismo dice a la mujer: «Que la soledad no sea nunca más tu cárcel». A través de la anagnórisis aristotélica, templada por Pérez de la Fuente, llega la reconciliación. La reconciliación de dos Españas. ¡En este Madrid de 2002! Arrabal y su madre, De la Fuente y la Valdés, como Max Estrella y Don Latino, por las calles y plazas de Madrid, hacia su Gólgota.

La noche del estreno, la ministra Del Castillo y sus lugartenientes De Cuenca y Amorós, que habían enterrado unas horas antes a Cela en Iria Flavia, al acabar la íntima representación, posible sólo para 62 espectadores, parecían salir de una sesión de ejercicios espirituales. Los académicos Nieva y Anson, y hasta el propio Arrabal, también.