En la muerte de Camilo José Cela
Un arrabal junto al cielo
POR FERNANDO ARRABAL
Erase una vez un premio llamado Nobel que se glorificó galardonando a Camilo José Cela. Aquel día lo celebré, entre otros, con Allan Ginsberg y Andy Warhol, los beatniks, y los pánicos y los conceptuales, y los minimalistas. Eramos poetas de paso por el mundo y especialmente por Nueva York, todos sin raíces pero con piernas. Nos tiramos a la calle y recogimos las portadas de todos los diarios de esa macrometrópoli que sólo cuenta con tres. Pero armenios y turcos, brasileños y japoneses, sin olvidar a los esperantistas y a los flamencos editan para ellos solos en su lengua decenas de publicaciones.Todos aquellos pasquines y periódicos lucían en primera página la foto de Camilo José Cela rodeada de panegíricos. Todas ellas se las enviamos al neonobel en un sobre hinchado de fervor.
En 1967 primero oí su voz mientras me juzgaba el Tribunal de Orden Público de Madrid por blasfemador como a Sócrates. Al volverme desde mi banquillo de acusado contemplé su imagen, y su talento, y su gallardía.
Por última vez el sábado pasado (12 de enero) entre la ciudad del Vaticano y la Villa Medicis de Roma y entre sátrapas le evocamos como lo que era: el primero.
Precisamente su último galardón fue el más prestigioso. Hace nueve meses se le izó a lo más alto. Distinción que en el siglo XX alcanzaron sólo dos docenas de insumisos como Marcel Duchamp, Marx Ernst, Ionesco, Dubuffet o Man Ray. Fue nombrado con Baudrillard, Umberto Eco, Dario Fo, Enrico Baj y Edoardo Sanguinetti, el 20 de abril. La ciencia de las excepciones coronaba a la excepcionalidad de su genio.
Hoy las fotos y las elegías de Camilo José Cela saltan de la misma manera a la una de los heraldos de los peregrinos, esos revoltosos caminantes que pisan la dudosa luz del día en la Gran Manzana tras el Martes de Ceniza.
Esta vez no será para dar gloria a su premio y a su vida, sino para anunciar su entrada en la eternidad con la gloria.
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