THEATRE :

domingo 27 de enero de 2002

El fin de la «madrastra historia»

 

«No tengo palabras y me sobran emociones» decía Fernando Arrabal al término de la representación de su
«Carta de amor (como un suplicio chino)»
ante un auditorio de apenas sesenta personas que aplaudíamos en pie, emocionados, la memorable interpretación de María Jesús Valdés enmarcada en un sojuzgante sótano del Reina Sofía que Juan Carlos Pérez de la Fuente exorcizó como un claustro materno para que una actriz legendaria sirviese a un texto de Arrabal que lleva al autor a la cima del simbolismo y la sensibilidad.

 

Por José Antonio ZARZALEJOS. Director de ABC

Durante una hora de durísimo monólogo la madre llora, se arrebata, grita, sugiere, suplica y reprocha al hijo que desde la lejanía temporal y física le lanza la acusación de haber participado en el prendimiento y posterior ejecución de su padre por los franquistas. El crescendo del texto arrabaliano, que acompaña la Valdés con una entrega locoide, alcanza sus momentos culminantes cuando la madre escupe dos palabras: «la madrastra historia», dice, ha encadenado a ella y a su hijo, como en los suplicios chinos, a precipitarse en el abismo del odio y el enfrentamiento, a un destino fatal de hostilidad inmisericorde en el que el amor se ha tornado odio y el frondoso conflicto sentimental entre ambos se hace ya definitivo e irreversible.

Pero cuando las tenues luces de la morgue se encienden y la emotividad se desborda, Arrabal baja al escenario y besa y abraza y aupa a María Jesús Valdés en una tempestad interior de sensaciones, y entre ambos crean el último acto no previsto en el guión, deteniendo la caída por el despeñadero por el que hijo y madre se destruían sin remisión. El genial autor transmitía así toda la energía conciliatoria que la oscura sala deseaba emergiese a medida que María Jesús Valdés envejecía y se consumía en un monólogo desesperante, reflejo de esa «madrastra historia» que ha encadenado al español con el español en un suplicio chino de enfrentamiento, odio, guerra y destrucción.

Los artistas como Arrabal no sólo tienen el don de la palabra; disponen también del don de la oportunidad. ¿Por qué Arrabal ha exhumado este texto aquí y ahora? ¿Por qué se ha representado en una sala que pudo ser una estancia macabra y siniestra del Reina Sofía? ¿Por qué Pérez de la Fuente y el propio Arrabal han elegido a María Jesús Valdés? Por qué. ¿Acaso no acabó ya la guerra fratricida hace muchos años? ¿No es cierto que los jóvenes españoles desconocen el drama? ¿Será que todavía supuran heridas que hay que restañar? ¿Es que la «madrastra historia» de España no ha pasado el capítulo de los suplicios chinos que sufrimos los españoles? Interrogantes todos ellos que tienen una contestación rotundamente afirmativa. La «madrastra historia» a la que culpa la madre arrabaliana ha muerto pero la lápida de su tumba está herida por un epitafio de advertencia y de recuerdo que viene a decir: «libraos del suplicio chino».

La gentes del pensamiento y del espíritu creen en la catarsis y una catarsis nos ha propuesto Arrabal con una eficacia definitiva porque ha utilizado todos los elementos simbólicos (tesis, lugar, momento, personas) para que la purificación liberadora se consume y el alma quede sosegada. En estos días de nutridos eventos en España viene a la mente, a modo de metáfora, la «Carta de amor (como un suplicio chino)» de Fernando Arrabal. Ha muerto Cela días antes de que falleciera Marsillach -juntos en estas páginas durante años- que nacieron con destinos distintos; se ha recordado la matanza de Atocha que fue un capítulo prototípico de la «madrastra» historia de España; y la democracia celebra su XIV Congreso , mientras sólo los hijos de la ira siguen empuñando la pistola en un último y desesperado intento de precipitarnos al abismo.

Hemos recorrido el peligroso e ilusionante camino de la reconciliación muchas veces a golpe de tragedia; muchas veces también con la tentación de volver al claustro de la «madrastra historia» para acusar a estos de «rojos» y a aquellos de «franquistas», pero lo cierto es que los hijos y los nietos de aquéllos y de éstos han tenido sus oportunidades en un nuevo e insólito país como el nuestro y estos días unos celebran el triunfo democrático y social que los otros disfrutaron largamente antes. Todo ha sido así por voluntad, pero también por temor. Voluntad de afirmación en el futuro y terror al pasado en el que una galería de espantos, de suplicios chinos, estigmatizó nuestra convivencia. La experiencia catártica, liberadora, de España no es su desarrollo económico, ni sus muchos éxitos y reveses en tal o cual materia. Lo decisivo del presente es la convención mayoritaria de que el goyesco apaleamiento entre españoles -sea antes con las armas, sea después con la dialéctica casi bélica- quede atrás y se imponga una interlocución no visceral sino inteligente, racional y constructiva.

La democrcia española ha logrado el poder porque se ha legitimado plenamente después de que herida por la dictadura y la derrota lo haya hecho también con grandeza en una democracia en la que la única y gran debilidad sigue siendo la escasa fortaleza del Estado y la búsqueda, a veces torpe, de una identidad colectiva a través de elementos de cohesión que no resuciten la «madrastra historia» de Arrabal y nos permitan vivir juntos con un nivel razonable de acuerdos y discrepancias. Superado el suplicio chino del encadenamiento enfrentado y hostil que nos despeñó, tenemos una Nación en paz, pero carecemos de un Estado seguro y previsible y no sabemos si nuestro patriotismo tiene que estar vinculado a aquella o a éste. Grave cuestión, agudizada por el ejercicio del terror, que ensombrece el esfuerzo constitucional de 1978, y que amenaza con recuperar discursos fratricidas sin reparar que España como entidad nacional jamás fue el problema sino la solución a la dispersión. Han sido, y aún lo son, las ambiciones políticas, los resentimientos y la mezquindad las circunstancias que convirtieron a nuestra historia en una madrastra que zarandeaba a la Nación con inmisericordia.

De siempre, la idea nacional de España y su conformación en una estructura estatal sólida, segura y permanente, ha sido la piedra en el camino y un buen motivo para el fratricidio. La democracia española está haciendo un esfuerzo inédito para engarzar la Nación con el Estado tiene que incorporarse a esa búsqueda. Porque la discrepancia sobre lo que somos y queremos ser, puede degenerar en un arrabaliano suplicio chino advertido con vehemencia por el epitafio de la «madrastra historia» que grita fatasmal desde una antigua morgue del Reina Sofía que si ahora acoge la excelencia antes fue refugio de enfermedad y dolor.