ARTICLE SUR ARRABAL: 

sábado 6 de julio de 2002


Arrabal, el genio

Antonio Ramírez Vélez.

Llegó con la misma cara de niño travieso que nos acostumbra cada, vez que la suerte nos acompaña y vuelve, hacía años que no recalaba por aquí. El ceño fruncido, los ojos pequeños y escépticos cuestionaban, como en él es habitual la formalidad y la rutina de lo correcto y que a fuerza de costumbre se entiende por lo cierto. Volvió Fernando Arrabal a su casa, a Melilla, la ciudad que hace setenta años le vio nacer y a la que ama y recuerda pese a su galope por el mundo. Escritor universal, su casa sólo le pudo acoger muy pocos años de vida, los primeros; su infancia fue una víctima más de la incomprensión y la sinrazón de la Guerra Civil. Su padre, teniente del Ejército Republicano, apresado por el otro bando que levantado en armas y conspiración contra el poder constitucional establecido, obligaron a una forzosa marcha de Arrabal hacia nuevos horizontes convirtiendo, desde entonces, su vida en un itinerario con un sinfín de estaciones que desembocaron en el dramaturgo, filósofo poeta, novelista, o cineasta que es y cuyo reconocimiento va recogiendo por todos los rincones del planeta. Asomó ante un grupo de periodistas que le aguardaban a los que dedicó esa mirada pícara y cómplice del que descarta radicalmente a los indiferentes, porque ante su presencia, lectura de sus textos, escucha de sus pensamientos o disfrute de sus obras teatrales, es prácticamente imposible ser neutral o disciplente. Habló del teatro y de la vida, fabuló sobre ésta y sorprendió a los que pensaron que apoyaría la lógica reivindicación local de una sede teatral estable para representaciones y dijo que precisamente esa carencia daba modernidad a Melilla, ya que según sus palabras el teatro no existe o existe en las catacumbas, siendo ésta su miseria, grandeza y belleza, en misión espiritual de primera importancia. Para ello puso el ejemplo de lo sucedido en la Isla de la Cartuja a lo que catalogó como un himno a la técnica para después convertirse en un cementerio de chatarra en referencia a la profecía de su propia obra. Pero Melilla, cuyo nacimiento en ella afirma Arrabal no es para él casual, pidió hace años su constitución como capital del mundo si por modelo de sociedad se entiende el que aquí se armoniza: multiculturalidad, interconfesionalidad, convivencia en paz y cotidianeidad y rutina de estos tres conceptos. Recibido oficialmente en el despacho de la primera autoridad de la ciudad, su presidente, junto al resto de principales representantes, fue sorprendiendo uno a uno, no sólo con sus palabras, que supo amoldar al reto protocolario sino porque ante la presentación uno a uno escribía algo en un pequeño papel plegado. Llegada la hora de la magistral conferencia que impartió y a la que considera junto a las ruedas de prensa como actos poéticos que dependen, en gran medida, de los que rodean al conferenciante, desdobló en pura representación artística el mínimo trozo de celulosa recordando y saludando, sin ausencias y por orden jerárquico, a cada uno de los que estrechó su mano. Su disertación Teatro desde Melilla, plagada de anécdotas, con referencias a Nietzsche, Dios, la Expo 92 o Pirandello, fue un pensamiento sobre el nuevo teatro que según él surgirá desde este confín del mundo. Habló de la musa del escritor, fantasía o la imaginación, una mujer, ésta, que visita al autor y le dicta lo que ha de escribir. Fernando Arrabal, seguido últimamente por un equipo del canal de televisión europeo Arte que rueda una película sobre su vida y dimensión intelectual titulada «70 primaveras» volvió a su casa, una pequeña morada entre la estrechez de las callejuelas de la Ciudad Vieja de Melilla, visitó la escultura que le recuerda en el centro del Parque Hernández melillense y nos recordó que los premios que le han sido otorgados a lo largo de su intensa vida los guarda en su casa para que le sirvan de recordatorio que es mortal. «Premio y muerte suelen darse complacientemente la mano para viajar juntos a no sé donde» afirmó Arrabal. Vanguardista, surrealista, controvertido, polifacético, innovador, contestatario, provocador e ingente creador, el melillense Fernando Arrabal puede ser socialmente incorrecto pero sin duda imprescindible.