PRESS:

Era sábado. Había sentado a Fernando Arrabal al
final de una larga mesa en el Palais Chaillot. Tenía la
expresión maliciosa de Judas en la Ultima Cena. Entre los
doce apóstoles invitados coloquio sobre Las tribus o Europa
estaban Semprún y Savater. Esperaban con las manos juntas
la llegada del mesías. Arrabal se mesaba las barbas con
movimientos muy rápidos. Entonces se anunció la
entrada del presidente le la República. Al paso que le
marcaban sus guardaespaldas, François Mitterrand, alcanzó
la tribuna y tomó asiento en el centro de sus discípulos.
Habló sin parpadear durante una hora. Hizo alguna que otra
frase lapidaria : "La libertad es peligrosa y, cara",
dijo. Y también anunció que habíamos entrado
en un periodo de desorden.
En aquel
momento, alguien le pasó un papel a Arrabal para que se
lo hiciera llegar al conferenciante. Decía: "¡Essaiyez
d'arreter!" (acaba ya), pero Arrabal, que no sólo
es dramaturgo sino ajedrecista y pintor, dobló el papel
y se lo guardó en el bolsillo.
El presidente de la República consumió el tiempo
de los restantes oradores de la Tribu. Cuando se hizo la hora
de comer, Arrabal salió a la calle y comentó: "Ésta
ha sido mi mejor conferencia; ni siquiera la he pronunciado".
A las 15.30 de aquel mismo sábado, corno cada fin de semana,
Arrabal recibía en su casa de la calle de Jouffroy, en
el distrito 17, a un reducido grupo de amigos, contertulios habituales
del último salón literario de París. Inmediatamente
les informó de lo ocurrido por la mañana en el Trocadero
: "No tuve oportunidad de hablar porque Mitterrand cayó
en el coloquio como un pelo en la sopa".
Uno era pintor. Otro poeta. Otro venía con su madre, viuda
de un escritor. Otro era actor de teatro. Otro iba vestido a la
inglesa y con corbata. Era filósofo. Pero no se trataba
de un hombre, si se le miraba con atención, sino de una
mujer. También había una profesora de la imagen
manejando la cámara de video. La esposa de Arrabal, que
es profesora de literatura en la Sorbona, delataba su condición
por estar sirviendo las botellas de champaña y las pastas
de té.
Aquella tarde se habían propuesto discutir sobre el mito
de Don Juan. La semana próxima, dijo hablarían del
hilo de la Virgen, es decir, del principio de la tela de araña,
esa brizna casi invisible que el insecto lanza a una distancia
de tres metros al empezar a tejerla.
Así que la filósofa empezó el discurso apretándose
ligeramente el nudo de la corbata, algo que acentuó la
gangosidad de su francés, y Arrabal la interrumpió
para felicitarla, antes que nada, por su reciente matrimonio :
"Esta señora", dijo, "tiene mucho mérito
al convivir con un hombre, porque yo he visto cómo estuvo
a punto de matar a un individuo en un cine solamente porque tosía".
La filósofa sonrió satisfecha.
Mientras empezaban a hablar de Don Juan y el amor, observé
los cuadros que colgaban de las paredes cubriéndolas del
techo al suelo. En casi todos ellos aparecía Arrabal, pintado
por el mismo Arrabal o por otros artistas.

Unas veces se le veía volando. Otras, saliendo de una tumba
o montando a caballo en el desierto. Una horrible cabeza de mujer
no sólo tenía la apariencia de ser obra genuina
de Picasso sino que además llavaba su firma. La sombra
de un terrorífico garrote vil (escultura de Otero) se proyectaba
hacia un hermoso ramo de flores.
"¿Qué clase de mito es el mito de Don Juan
cuando podemos dudar de que fuera incluso un auténtico
seductor?" preguntó uno.
Arrabal decía que los seductores son individuos muy bajitos
Y muy pequeños. En Francia, el papel de Don Juan se le
asigna a actores de aspecto repulsivo. Tipos gordos y deformes,
extremo que confirmó un profesional la comedie française
allí presa. Y en España, se representa, Juan nada
menos que el Día de los Difuntos, con el único propósito
sito de reprimir y castigar al fornicador. La mujer de la cámara
de vídeo se avalanzó sobre Arrabal para hacerle
una toma. A bal proclamaba que para tener encanto y poder seducir
es preciso amar la bondad. "Pero yo no amo la bondad",
dijo alzando su cabeza de patricio.
Luego explicó que Alcibíades necesitó cinco
intentos par, ducir a Sócrates, quien siempre se resistía.
"Sócrates también bajito y monstruoso. No tenía
gracia. Pero hay que reconocer que poseía el encanto de
amar la belleza".
Los contertulios miraban bobados a Arrabal. Estab forma. La cosa
iba muy bien. Parecían alentarle a que siguiera por ahí.
Y él siguió: "¿El amor? ¿Qué
es el amor más que la búsqueda de lo que no se tiene?
No tenemos la perfección ni la sabiduría. Pero podría
ser que el amor no fuera más que la suma de la pobreza
y de la astucia. O quizá, simplemente, la búsqueda
ansiosa de una carencia. Es decir, del alma".
No le aplaudieron porque no es costumbre hacer esa clase de ruido
en los salones literarios. Pero se sirvieron otra copa de champaña.
Todos parecían de acuerdo con la conclusión de Arrabal.
El amor era la búsqueda del alma, aunque el alma significa
el vacío.
De una esquina alguien preguntó qué valor se le
da a la bondad en nuestra época. La pensadora de la cortaba
dijo que ninguno. "Los socialistas no hablan más que
de rentabilidad y nunca de bondad." Otra mujer se refirió
a las norteamericanas : "Ni siquiera las que se cuidan tanto
el cuerpo lo hacen para bondada, sino para seducir y engañar."
Hablaban todos a la vez con esa mezcla de sonidos que recordaba
el ensayo de una orquesta cuando los músicos afinan sus
instrumentos. Pero de esa confusión saltó otre pregunta
: "¿ Puede explicarme alguien por qué hay hombres
que aman la insoportable fealdad de algunas mujeres? ¿Por
qué aman lo que es horrible?" No respondió
nadie y la mujer del vídeo se desprendió de la cámara
y repartió unas flores de papel pintadas con las letras
que, todas juntas, componían el nombre de Fernando Arrabal.
Durante unos minutos, los contertulios alzaban sobre sus cabezas
la flor que se les había adjudicado, y la mujer del video
que resultó ser una famosa italiana recuperó
el aparato y grabó con pulso firme la escena. Luego, aquella
especie de llama del Espíritu Santo se extinguió
y la italiana recogió una a una las flores de papel y se
las entregó con orgullo a Arrabal.,
El anfitrión relataba un encuentro reciente con él
anciano lonesco. "¿Pesará 40 kilos? Está
acabado. Tuve que meterlo yo mismo en la cama. Era incapaz de
llegar por su propio pie. ¿Y su esposa? ¡Aún
es más pequeñita que yo! ¡Mide la mitad!".
En la gran frente de Arrabal se marcaban dos surcos verticales
muy profundos. Parecían cicatrices hechas con un cuchillo.
Y ensombrecían su rostro con la marca repentina y brutal
de la vejez.
El pintor quería saber dónde estaba un cuadro que
tiempo atrás había regalado a Arrabal. Miraba las
paredes y no lo veía allí. ¿Acaso no le gustaba?,
Preguntó. Arrabal dijo que los mejores cuadros no los cuelga.
Los esconde. Y que los excepcionalmente buenos los destruye: "Me
dan demasiada envidia y no soporto verlos."
El pintor
se puso pálido. ¿Había destrozado su lienzo?
¿Lo tendría arrinconado en el desván?
Arrabal se levantó para tranquilizarle. "Un momento",
dijo, "no te alarmes", y salió de la habitación.
Poco después reaparecería con varios lienzos que
asomaba lentamente por detrás del enorme garrote vil de
otero. Un cuadro de Topor, un Botero, el cuadro del pintor de
la tertulia, una crucifixión de una pantera rosa, la silueta
de una mujer dotada de un miembro viril erecto, homenaje de Roldán
a Sócrates.
A mi lado, un poeta llamado Trusevitch pedía fuego para
su cigarillo de picadura recién liado.
- ¿Escribes algo? le pregunté.
- Nada.
- ¿?o escribe nunca?
- No hago nada.
- Pero al menos piensa. ¿O es que tampoco piensa?
- Desgraciadamente, sí; pero espero que sea por poco tiempo.
- ¿Y de qué vive?
- De mi mujer. Como soy un inútil estoy casado.
Con Fernando Arrabal ya en la mesa, Don Juan volvió a la
conversación. Pero, antes, Arrabal explicó que el
poeta Michel Trusevitch era el único poeta surrealista
y pirómano sin obre conocida, a menos que se considerase
una obra su ineto de inciendar la vivienda de André Breton.
Arrabal había publicado un artículo sobre este hombre
en el diario Abc, y fue a buscarlo para que nadie tuviese la menor
duda.
"¿Ha conocido alguien a un verdadero Don Juan?",
repitió la pregunta. Trusevitch levantó la mano.
"¡Yo he conocido a uno!", exclamó. "¿Y
puedes explicar cómo era ese Don Juan?", le seguía
preguntando Arrabal. "Naturalmente", dijo el pirómano,
"era homosexual".
Arrabal lo descartó. Nadia había conocido a un verdadero
Don Juan. A uno de esos tipos que necesita acostarse cada noche
con una mujer distinta. Y concluyó con ese extremismo tan
del gusto de los surrealistas que, a falta de pruebas, Don Juan
no existe más que en la imaginación o en la Antártida.
Después reveló el secreto de su amor por Gala, la
esposa de Dalí. Dijo que cuando Gala ya tenía más
arrugas en la cara que en sus rodillas, él le escribía
una carta diaria que terminaba siempre con la misma despedida
: "¡Hasta pronto, querida mía, yo te penetro,
saluda de mi parte a Salvador!".
Pero lo más sorprendente de la sesión no iba a ser
el descubrimiento de los intentos frustrados de seducción
de Arrabal, sino la confesión sexual de Jean Paul Sartre
a Simone de Beauvoir poco antes de morir: "Te aseguro",
le dijo, "que jamás he gozado con un orgasmo".
Todos se pusieron muy tristes. Estaban desconsolados, sin champaña
en las copas y, lo que era peor, sin posibilidades de localizar
a un verdadero Don Juan.
El sol se había ocultado. Arrabal encendió varias
lámparas. Y la mujer de Picasso cobré una extraña
vida de fantoche borracho a la luz de una bombilla.
Al día siguiente, Arrabal esperaba sentado en un alto sofá
de algún rey Luis, en el salón contiguo al de la
tertulia. Sus pies colgaban ligeramente, lo cual le daba al aire
dominguero de un niño columpiándose en el parque.
Se puso a hablar de André Breton. Le recordaba así:
"Su tertulia la celebraba en el café de los surrealistas
y él llegaba siempre con una puntualidad impresionante,
a las seis de la tarde. Entraba en el café y se miraba
en el espejo. Se arreglaba los cabellos. Estaba muy guapo. Como
suele pasarle a muchos hombres, la edad les vuelve más
atractivo. Y Breton era... precioso".
Durante la mañana del domingo, Arrabal escribía
una novela con el matemático Bruno Kahn, la hermana de
éste y un científico del Centro Nacional de Investigaciones
titulada Suite especial, cuya acción se desarrollaba en
el hotel Savoy, de Londres. Pero el manuscrito avanzaba lentamente.
Ya llevaban cinco años trabajando en ese proyecto y en
ocasiones Arrabal dudaba que pudieran acabarla.
Hacia la hora de comer acudía a la casa un tornero llamado
Benet, quien cocinaba primero algún plato suculento, y
jugaba después al ajedrez con Arrabal, un escritor que
ahora deseaba tener el suficiente arrojo para dejar de escribir.
"Espero alcanzar ese punto de sabiduría y de buen
sentido en el que abandone definitivamente este oficio de las
palabras", dijo sin ocultar la envidia que siente por los
que fueron dotados de talento para el ajedrez, su gran pasión.
Pero si dejara de escribir, ¿qué otra cosa haría
este hombre?
"Intentaría ser simplemente un aspirante a Sócrates.
Dedicarme al mundo de] bien, de la bondad y de la verdad. Renunciaría
con gusto a todas estas alegrías frívolas de la
carrera de escritor. He llegado a la conclusión de que
escribir saca de mí los peores sentimientos. Preferiria
ser un santo pagano, como creo que lo fue mi padre, al hacerme
el mayor favor que un padre puede hacerle a su hijo : ser condenado
a muerte y desaparecer."
Dijo esto sin cambiar de postura, como si le hubieran atado al
sofá, con los pies todavía colgando y con una mirada
perturbadora de sabio clásico.
Lluego llamó a su amigo tornero para preguntarle qué
cosa olía tanto. "Hoy tenemos sardinas", dijo
Benet.