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De la primera a la última película, por primera
vez, «y seguramente por
última», todas las películas de Fernando
Arrabal podrán ser vistas en este
certamen madrileño que comenzó ayer. De su cine
dice que es como el resto de
su trabajo escrito, una obra «al margen» que refleja
su concepción del arte
y que «le hace llorar». Este año anunció
en Roma que no volvería a rodar,
cansado ya de lo que para él es «un gran esfuerzo
parecido a un
alumbramiento». Su última película, «Jorge
Luis Borges. Una vida de poesía»,
se exhibirá el día 23, cuando se clausure el certamen.
un obra al margen. Dice Arrabal
que, después de haber acabado su séptimo filme,
espera "descansa para siempre"
Dice Arrabal que, después de haber acabado su séptimo
filme, espera
«descansar para siempre»
Pronuncia marcadamente algunas sílabas que arrastra
hasta el infinito y a
las que acompaña todo un concierto de gestos, como solía
hacer su amigo el
surrealista Dalí. Hablar con Arrabal es como jugar una
partida de
ajedrez -deporte que a él le encanta-: nunca sabes por
dónde va a ir su
próxima respuesta. Pero siempre sorprende, como su cine,
que por primera vez
se proyecta conjuntamente gracias a la IX Semana de Cine Experimental
de
Madrid.
Le molestan todo tipo de etiquetas, incluso aquellas que definen
su cine
como vanguardista y experimentalista, y prefiere ser él
quien ponga un
adjetivo a su cine, y que también sirve para calificar
el resto de su obra
escrita: «arrabalísima o arrabalesca».
Desde que en 1970 rodara su primera película, «Viva
la muerte» -y que
fue censurada por considerarse ofensiva y contraria al régimen
franquista»-,
Fernando Arrabal ha dosificado su producción cinematográfica
a siete
películas a lo largo de casi 20 años: «Iré
como un caballo loco» (1972), «El
árbol de Guernica» (1975), «Los dioses del
Pacífico» (1980), «El cementerio
de automóviles» (1981), «Adiós Babilonia
(1993), y «Jorge Luis Borges. Una
vida de poesía» (1998).
Continuo sufrimiento
Fatiga, «ataques de nervios» y sobre todo «mucho
dolor» son las causas que
alega este artista, creador del movimiento «Pánico»
junto a Jodorowski y
Topol. «Cuando hago películas me dan ataques de
nervios y cosas parecidas.
Los actores, los técnicos y yo sufrimos muchos, me entra
un dolor tremendo,
es como en el amor, porque yo no me siento que me aman, y entonces
me entran
unas ganas terribles de llorar. ¿Qué es el amor?
Una autoternura, la propia
autolimitación de uno. Pues el cine es lo mismo»
Pero Arrabal ríe cuando alguien le reconoce por la calle
y le dice que
tiene cara de escritor -«de poeta», puntualiza él-
para, acto seguido,
asegurar que está frustrado en muchos campos, como el
de la pintura, y que
no comparte nada con nadie: «Yo soy casi desgraciadamente
nada. Estoy en un
rincón -enfatiza las erres-, donde soy una rata de alcantarilla
y no
comparto nada con nadie. Por eso creo que hay un error cuando
alguien dice
que "Arrabal es un genio. Yo soy normal y corriente».
Fue amigo de Ionesco, de Beckett, de Dalí, pero más
allá del recuerdo
queda la figura de Borges, cuyo testamento literario y vital
recogió Arrabal
en su película «Jorge Luis Borges. Una vida de poesía»,
que se estrenó hace
medio año en Roma y que se proyectará en esta Semana
de Cine Experimental.
«Durante muchos años Borges y yo nos reíamos
mucho porque yo siempre me
presento a los demás como africano. Mis relaciones con
Borges nacieron del
humor, que es la autocompasión de las propias debilidades.
Yo tuve la suerte
y la desgracia, el susto y el gusto, de que dijera sus últimas
voluntades,
su testamento ante mi cámara».
Pero Arrabal advierte a los futuros espectadores: «Si la
gente quieren
ir a ver una buena película que vaya a ver "Titanic
que es muy buena, o
"Star wars. Pero mi obra es muy especial. No es ni un documental,
ni una
película, es un ejercicio de admiración y hay que
verla con fervor».
Cuando se se estrenó «Jorge Luis Borges. Una vida
de poesía», el
escritor y cineasta ya advirtió que sería su última
película, y ayer volvió
a confirmarlo. De hecho, cree que producir sus películas
es algo arriesgado
porque «habla de cosas insignificantes que no interesan
a nadie» como el
amor, la vida, Dios, y que cada película le supone un
año de dedicación. «Mi
cine es un parto doloroso con sangre, sudor y lágrimas.
Y una tortura que no
deseo a nadie, ni deseo a mí mismo. Por eso ya no voy
a volver a hacer cine»
Pero al margen de clasificaciones que no desea para su cine ni
para su
persona, y dado su consentimiento sobre el epíteto «arrabalesco
o
arrabalísimo», el autor se autodefine como un poeta:
«El realizador de cine
es un poeta, y un poeta es un ser que quiere jugar como Dios,
y a veces lo
consigue. Yo querría ser como Dios . He terminado mi séptima
película,
espero descansar para siempre». Haga o no haga más
películas, lo que está
claro es que este artista que cree, piensa y sueña «en
imágenes» siempre se
interesará por un cine «al margen», que es
como la poesía. «La poesía no es
una prosa mejor, sino una prosa otra. Y el cine al margen no
es mejor, sino
que es un cine otro».
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