MIS HUMILDES PARAíSOS

 

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MIS HUMILDES PARAíSOS
F. ARRABAL

 

XXV

Avivada con la fe su devoción
la mariposa de la muerte
vuela hacia la luz irremediablemente.

Tan aficionada al fulgor
que su curiosidad la pierde.
Con qué gozo se ajunta al destello
con qué gusto recibe el resplandor.

Quiere sosegarse en la contemplación
y revolotea buscando el espacio
entre la luz y la lumbre.
Cuán bien preparada al alumbramiento
cuán mal dispuesta al deslumbramiento.

El esplendor entra por sus ojos
y, verdugo de su cuerpo,
triunfa de su instinto.

El entendimiento admira
y la voluntad arde.
La mariposa se arroja a la llama
para comprenderla y abrasarse.
En ella desaparece.
Sólo la luz permanece.

XXVI

Con voracidad insaciable
de un manjar infinito de violencia
donde lo ávido con lo avieso alinda
el avispón
que se pica de guerrero
pica y mata con el pico.

Juez es y verdugo,
no son necesarias otras pruebas,
condena con tanta insensibilidad
como sentimiento de los condenados.

Tanta culpa le sobra
como le falta remordimiento,
troca los lazos del instinto
en enredo para sus desmanes,
todo consagrado a la muerte
el que toda la vida ha profanado.

La rabia le sube por el rabo
cara a cara con la saña,
última y primera vez
que su rejón injerta
muriendo al dar la muerte.

XXVII

Vence la intención del instante
la efémera
con la intensidad del instinto.

Es un primor su parto
en el que amanece su vejez.
No hace de su infancia noviciado,
sino que a la primera hora,
para enlazarse, baila
con rumbo de sepelio.
Antes será conocida por muerta
que por madre.
¡Tan en breve se resuelve en polvo!

¡Con qué impaciencia irrumpe
de porvenir tan vacía
como de presente plena!
¡Con qué diligencia emerge
a su ratito de eternidad!
¡Con qué afán descubre el tiempo
y con qué celeridad gozando!

¡Cuán efímera es la existencia ... !
Cuando parece que brota toda
acaba en nada.

XXVIII

Encogióse en el capullo
la larva
viendo lo poco que valía.

Anida en su propio seno,
la soledad son canceles
el recogimiento celosías,
cebándose de sus entrañas
con los ojos cerrados a las vicisitudes
y abiertos a las metamorfosis.

Con aliños de eremita
medita,
se echa a descansar,
yerma
en la yema de su yema,
considerando la grandeza de la mariposa
a la vista de su bajeza.

La transfiguración acoge el convite
de la larva
preñada de desesperanza
para dar existencia
a la esencia de la mariposa.

XXIX

La tierra engendra
un tal delirio de rarezas
que surgieron los pulgones.
La creación se miró
en el espejo de la geometría.

Minúsculas pirámides de campo
donde campean cuernos, crestas
y antenas como bisectrices.
Tacitas con seis patas
y lanza en ristre para el lance.
Espumosos bichitos
con espadón a la cola
y espátulas en los hombros.

¡Qué disposición
para componer la armonía
y merecer sus recovecos!
Les faltan curvas para lo posible,
les sobran rectas para lo generoso.

¡Qué ecuación recluida en un insecto!

XXX

El caballito del diablo
vuela sin reparar que vuela
y sin comprender qué es volar.

Sin enmienda, se empeña en corretear
y se contonea, sin remedio
volando.
Cuando llega a abrir las alas
dase cuenta de su engaño.
Desengañado se traslada
del presagio al vértigo.
Olvidando la tierra
toca de ella no más que lo preciso
para elevarse.
Son alas no tanto para que lo adornen
cuanto para que lo realcen.

¡Qué buena anduviera la pasión
si volara
en volandas
con la inspiración!

XXXI

Buscando consuelo a su gazuza
el tábano no advierte
que renovando la llaga
para su breve deleite
abre el dolor de par en par.

Apaga la sed de sus deseos
en el manantial de sangre.
Así quiere ser dichoso,
como puede.
Al que ha abierto
su costado y su pena,
hecho úlcera para su socorro,
no se rinde,
cuanto más obligado
menos agradecido.
Se marcha con la miel en los labios
y la hiel en las entrañas.

¡Qué aventajado luce
en la escuela de parásitos
el que trueca la gratitud más humana
por el más inhumano desagradecimiento!

XXXII

Yace en la puerilidad
la abeja
y sólo se despierta a la disciplina,
centro de su confianza,
blanco de sus afanes.

Punto menos que bruta por gregaria
vive a medio vivir
que poco o nada percibe
la que amontonada acata.

Apandillarse es niñería
que a los mayores conglomera
para hurtarse, cual menores,
a la exigencia.
Abismo de sumisión
al que no falta grano de renuncia
encallado en el perpetuo servilismo.

Para que aprendan
las abejas
tienen un solo rey
que es reina y rejoneadora.

XXXIII

Cada larguísima pata
de la araña zancuda
cita la gracia
en el espacio de la perfección.

El hilo virginal trenza el bordado,
las extremidades se mueven
y el sabio se conmueve.
Lo que abrevia el marco de una tela
lo engrandece el arte del instinto.

En el dibujo transparente
se encierra el ingenio más frágil
que cabe en el firmamento,
pero tan lleno de genio parece
que aparece pleno de gracia.

Qué regalo de gala
para el espectador en galería
que ya es paraíso.

XXXIV

Estampa barnizada
que reducida a redondez de laca
reproduce el firmamento inmenso.
Con prodigio pródigo el artista
regala, uno a uno, meteoritos
pintados a cada mariposa.

Con qué gozosa felicidad ahondo
en la esencia de la obra,
experimentando el diminuto deleite
y sacando los inolvidables contentos.

Sus alas plegadas en el cerrado escenario convexo
revelarán la función.
Cuando la estampa se hiende en dos mitades
los bordados negros y las alas aparecen,
la mariposa hace mutis.

¡Con qué conato se abalanza al cielo!

XXXV

El hondo sentimiento
da el diminuto resplandor
a la luciérnaga.

La noche vestida de penumbra
se reviste de centellas.
El lúcido reclamo
encubre la obscuridad
y esconde lo incierto de la sombra.

Avivada la luz
se despierta el ansia
crece el estremecimiento
al paso de la gana.
Alumbrando y desalumbrando el apagón
a medida que su corazón se enciende
iluminado de amor.
El candil de la encandilada
parpadea en las tinieblas,
sutileza pronta,
chispa de ingenio.

¡Habrá luces mientras haya luciérnagas en celo!